Vivir en Democracia

Por Enrique Serra

December 14th, 2005 by Opinorama Leave a reply »

Vivir en democracia no es fácil. El “arte de la libertad” como lo llamaría Toqueville, es una larga y constante lucha que no permite descansos ni distracciones. Se fundamenta en una sociedad responsable de sus actos y dueña de su destino.
¿Somos dueños de nuestro destino, cuando observamos que el gobierno nacional pretende reformar uno de los más caros institutos que, de alguna forma era la última ratio de confiabilidad en la estructura de los cuadros del poder judicial? Nos referimos al Consejo de la Magistratura, que mediante un proyecto presentado en el senado por la “primera dama”, la actual composición de 20 miembros se alteraría en su número, bajándolo a 13 para poder desde el poder político controlar sus decisiones.

No hay posibilidad alguna de construir una sociedad auténticamente democrática
sin valores éticos y morales. Vivir en democracia implica, entonces, un enorme cambio cultural. Implica que los ciudadanos abracen la causa de la moral, pues solo con conductas éticas se consolidará para siempre la vida en libertad. Se nos impone de esta manera, un compromiso con una nueva forma de sociedad. Es imposible cumplir con lo anterior, si se piensa que las obras constructivas de una verdadera civilidad, descansarán en prohibir que jure como diputado, alguien que fue respaldado por más de 400.000 votos y su impugnación provenga de un convicto indultado presidencialmente en la década de los 90.
O cuando no alcanzan los diputados comprarlos al mejor estilo de “remate.com”.
Parece que se quisiera construir un panóptico político, para que desde el ejecutivo se controle absolutamente el total de los movimientos del resto de los poderes, así como a las organizaciones civiles. El poder no es ahora más que una idea, un nombre trabajosamente mantenido en un lugar que ya no le pertenece al soberano, que hay que recordarlo, en una república, es el pueblo. El panoptismo delata una nueva determinación que aparece oscura y bastante oculta pero que va adquiriendo mayor presencia y se establece definitivamente: el dominio. El dominio se encierra en el círculo áulico de la primera magistratura y configura una nueva totalidad. Podemos estar atravesando una barrera peligrosa que nos encamine hacia un despotismo ideológico, que creíamos largamente superado.

La dirigencia política
, por lo menos algunos sectores de ella, no ha podido definir con la requerida nitidez y claridad conceptual esta necesaria opción por una nueva forma de sociedad. Esta opción significa lisa y llanamente sustituir la actual sociedad civil organizada corporativamente por otra mucho mas profundamente basada en la igualdad de oportunidades. Pero por el contrario las señales que se dan son mayor corporativismo político y a su vez sectario.
Como vamos a sustentar la anterior premisa, cuando desde el estado sea éste cual fuere, nacional, provincial o municipal, convierten a las distintas reparticiones en depósito de amigos, en lugar de designar gente política y profesionalmente proba para el desempeño de las funciones asignadas. O cuando se viola aviesamente la voluntad popular, designando para cargos ejecutivos a quienes se propusieron para ocupar bancas en el poder legislativo.


Otras de las cuestiones que no deben quedar al margen de las funciones del Estado es rescatar a la persona humana, en su individualidad y trascendencia para que jamás sea postergada en beneficio del interés de algún sector. Tenemos que hablar de una responsabilidad social que tenga su raíz en una ética personal que vea como verdadera realización el compromiso con la ayuda solidaria a los semejantes. Esta concepción está mucho más cerca de nuestra moral ancestral que dio la base de nuestra cultura, que de las sutiles enseñanzas de Maquiavelo.
Lamentablemente, observamos que la puesta en práctica hasta el momento del rescate de las personas, se lleva a cabo con dádivas que tienen como contrapartida el voto. Esto no sólo es denigrante para el hombre, sino que alimenta una práctica que hasta el cansancio se enunció desde las tribunas políticas que se enterraría definitivamente.
Por tanto, la compaginación de la compleja arquitectura política contemporánea no muestra hasta ahora que la misma se elabore sobre la base de la necesidad de una responsabilidad y una moral individual, que lleve al hombre y al dirigente, a una actitud libre para actuar en beneficio del conjunto.
Uno de los grandes males que soporta no sólo Argentina sino la región, es un puñal que no solamente está estáticamente clavado en lo más hondo de la credibilidad del pueblo, sino que cada tanto se desplaza para provocar peor daño. Nos estamos refiriendo a la corrupción.

La corrupción
no sólo se expresa por el hecho de un pago ilegal por un servicio o un favor deshonesto. Corrupción es también la relatividad de los valores morales, la mentira pública, la calumnia. El transfuguismo. Corrupción es también reclamar contra el que es corrompido pero facilitar la tarea del corruptor. Corrupción es también “dejar hacer”.
Hay que luchar contra los corruptos, dentro y fuera del gobierno. De una vez por todas se tiene que recuperar la raíz ética y cívica de la actividad política; usar el poder para servir a la ciudadanía y no a las ambiciones personales. No se puede hacer uso constante del poder para el pago de favores políticos, pues éstos tarde o temprano se convertirán en un lastre mucho mas pesado de lo imaginable y soportable. No debe haber tregua para luchar también contra los corruptores.

Debemos entender
que todos los ciudadanos estamos obligados a preguntarnos si queremos ser realmente un país democrático, que, lo repetimos, es mucho mas que votar cada dos o cuatro años. El ser democrático depende de nuestra actitud cívica cotidiana, controlando tanto la ética de nuestros gobernantes como la propia. En una democracia esa conducta parte básicamente de nuestra actitud. Es la democracia participativa de la que tanto hablamos y tan poco exigimos se ponga en práctica.


Cuando la dirigencia empiece a desgranar sus pensamientos y propuestas concretas sobre estos temas; cuando la sociedad comprenda que el país se convierte en Nación cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil; cuando cada ciudadano acepte que la suerte de su futuro depende de su profunda reflexión y de su exhaustivo examen de conciencia; cuando todos nos decidamos de una buena vez a entrar en la historia por el camino de la verdad, asumiendo como seres maduros nuestras propias debilidades y nuestros propios errores; cuando todo ello suceda, allí estaremos más cerca de encontrar nuestro destino como República.

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2 comments

  1. Pamela says:

    Me pareció exelente tu escrito. Realemtne me quede boquiabierta tras leerlo. Coincido firmemente con vos, en la parte de que ´para que un país sea democrático, debe contar con la participación de cada uno de sus ciudadanos. Debemos dejar de exijir y actuar, no debemos limitarnos a “formar parte” y empezar a “tomar parte”. Creo que esa es la base de la democracia y que si nos tomamos un poco de nuestro tiempo para reflexionar y actuar, podemos llegar a controlar el destino de nuestra nación.
    Att.
    Pamela D.

  2. brenda says:

    esta re feoooo