Una mano tendida.

September 1st, 2007 by Opinorama Leave a reply »

León Duguit expresaba que quienes están sometidos al señorío privado son esclavos y quienes lo son del señorío público son súbditos.

Quizás el concepto de ciudadano, inició su largo camino en la vida de los hombres, durante la Revolución Francesa. Ese anhelo de quienes pergeñaron muchos sueños elaborados durante desveladas noches del régimen que moría; utopías, proyectos que darían luz a los nuevos paradigmas, no se hayan plasmado totalmente dentro una realidad mundial, todavía, en ciertas latitudes, cruel e injusta.

La Democracia, si no quiere ser una abstracción, es el marco, la meta y el impulso permanente que cohesiona y da sentido a una sociedad de ciudadanos y ciudadanas.

El concepto de ciudadanía hace referencia a seres humanos libres, sujetos de derechos y deberes, conscientes en cada momento, de la situación y desarrollo de la sociedad en la que viven y construyen conscientemente. El tránsito de súbdito a ciudadano constituye una de las características del proceso democratizador.

La Historia ha definido al súbdito como aquel ser humano subyugado y atado a un Poder que se decía representante de otros Poderes extra-sensoriales o sobrenaturales. En esta época, los Poderes políticos, sociales, ideológicos-culturales y mediáticos median, alienan y subyugan en nombre de entes mistéricos: la mano “invisible” del Mercado, la Competitividad, el Crecimiento Sostenido, la Confianza bursátil o lo “políticamente correcto”. La historia oficial de la Transición, el papel estelar del Rey en la operación, su compromiso con la Democracia, junto con el muro de silencio en torno a la institución monárquica, forman parte del mantenimiento de una cierta minoría de edad ciudadana entre nosotros.

Sobre estas cuestiones, con una mirada diaria y directa de la actual Europa, especialmente de Italia, nos hablo el pasado viernes 31 de agosto el Dr. Davide Caocci. Abogado italiano, egresado de la Universidad de Milán y actualmente desdoblando sus obligaciones de hombre del Derecho, con la del asesoramiento empresarial, en un país, del cual muchos de nuestros compatriotas son descendientes directos, en segunda o tercera generación.

Este jóven prfesional italiano, sin lugar a dudas, representa sin proponerselo, a muchos europeos que hoy tienden su mano hacia América Latina y especialmente a nuestro país.

Presentado por el Decano de nuestra Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Dr. Miguel Angel Acosta, el visitante dijo entre otros conceptos.

Es para mí un gran honor de tener esta clase extraordinaria en la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Por ello, quiero que mis primeras palabras sean para expresar mi agradecimiento más vivo y sincero a esta Institución.

A esta gratísima distinción, que me llena de alegría y orgullo, se une el hecho de que la ocasión sea en una misión de italianos que quieren radicarse en Mar del Plata para hacer inversiones entre las dos riberas del Atlántico, entre Latino América y Europa, entre Argentina e Italia.

Más adelante, continuaba Caocci:

Las siguientes reflexiones son de alguien que tiene una cierta experiencia: como abogado en Derecho Internacional y de la Unión Europea, como profesor de la Universidad. Como asesor jurídico por las PyMEs, y, por supuesto, como ciudadano activo de esto mundo. Europa, ayer y hoy, ha ocupado y ocupa un lugar central en mi trabajo y en mi vida.

Permítanme que me pregunte en voz alta, ¿cómo está hoy Europa?

Yo creo que Europa es algo más que una expresión geográfica. Europa es sobre todo una cultura y un proyecto que encarna una serie de valores y principios. Valores y principios que nacen en un determinado espacio geográfico pero que tienen, sin embargo, una vigencia universal.

Esos valores y principios que están en la base de lo que entendemos por Europa, derivan de una determinada concepción de la persona, como ser, ante todo, libre y responsable, titular de derechos fundamentales y de una dignidad previo a lo político. De ahí se infieren una serie de principios esenciales, como el principio de la igualdad entre hombres y mujeres o el de la responsabilidad individual. Otra consecuencia de esta concepción de la persona es que el poder político debe tener precisamente como tarea principal, garantizar a todas las personas esos derechos fundamentales y como límite infranqueable de su actuación el respeto a la dignidad de cada ser humano.

Más adelante, el profesor italiano, en un aceptable castellano continuaba: (de aquí en adelante, no suprimimos ningún párrafo de la alocución, pues, así como lo escuchamos con respeto, queremos trasladar a los visitantes, un rico contenido que no merece cercenamientos)

Por eso precisamente me parece tan importante recordar y reafirmar las raíces cristianas de Europa, algo que siempre defendí con mi actividad académica y profesional y que sigo haciendo ahora.

Europa es sencillamente inexplicable sin sus raíces cristianas. Creo que negar esa herencia cristiana de Europa es uno de los elementos que más contribuye a alimentar la confusión intelectual y moral de nuestro tiempo y que, en consecuencia, más nos debilita.

Estos son algunos de los rasgos que definen a Europa. O, si queremos ser más precisos, al mundo occidental. Porque Europa no puede entenderse sin la expansión que históricamente tuvo lugar al comienzo del Renacimiento y que dio lugar a lo que conocemos como Occidente. Por eso no puedo concebir otra Europa más que aquella que está ligada por lazos fuertes y profundos con el mundo atlántico, y en particular con Latino América.

Soy de los que creen que ese conjunto de valores han supuesto una aportación muy positiva para toda la humanidad. Por eso creo en Occidente y por eso también creo que merece la pena defender los valores que lo sustentan y luchar por ellos.

Europa tiene también una parte sombría. No hay que negar que la semilla de la autodestrucción, ha germinado históricamente en Occidente, en esta Europa de la que nos sentimos legítimamente orgullosos. No tenemos que remontarnos muy atrás en la historia.

Pensemos en la oscura primera mitad del siglo XX europeo, que vio el nacimiento de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista, que negaban la idea de persona y que condujeron al horror de la shoah y de los gulag O, mucho más cercano en el tiempo, en los genocidios de los Balcanes, de hace apenas unos años y tan sólo a pocas horas de vuelo de Roma o de Paris, que usaron la excusa de un nacionalismo excluyente y atroz para cometer sus crímenes.

Pero con todas sus luces y sus sombras, Europa ha hecho una gran contribución a la civilización. Ha sido un gran acontecimiento no sólo para los europeos, sino para toda la humanidad. Y el proceso de integración que se inició tras la Segunda Guerra Mundial es, sin duda, un gran éxito histórico.

Hoy hay muchas voces que advierten que Europa está en crisis. La crisis de Europa no es algo reciente. Los males que nos aquejan y sus síntomas no son nuevos.

Continuando con las expresiones del profesor Caocci, el mismo nos sorprendió cuando dijo:

Mi diagnóstico es que Europa tiene miedo. Y ese miedo nace de una falta de confianza en sí misma. Y creo también que nada de ello es casual.

Se ha sembrado durante mucho tiempo la semilla de la desconfianza, del odio a uno mismo, en un descabellado afán de poner en cuestión los principios que conforman nuestra identidad y, en última instancia, de destruirlos.

Esa falta de confianza en sí misma de Europa le impide tomar las decisiones, difíciles pero ineludibles, para afrontar los retos del futuro.

Y esa abulia lleva a negar la realidad, a verla a través de unas lentes de irrealidad. No queremos afrontar las decisiones que la realidad demanda y por eso negamos esa realidad incómoda.

Las circunstancias en las que nos movemos son las de la globalización y el cambio tecnológico continuo. En los últimos años millones de personas han accedido a los mercados mundiales, lo que les ha dado una oportunidad de progreso y bienestar. La competencia mundial se ha abierto, creando crecimiento económico y prosperidad. La libertad en el mundo nunca ha estado tan extendida como está hoy.

Este panorama debería llevar a los europeos al optimismo y a las ganas de hacer cosas, y sin embargo no es así. En Europa la sensación dominante es de crisis, pesimismo y falta de confianza.

También es preciso reconocer que en el mundo en el que vivimos no todo es prometedor. Crece el desafío de los enemigos de la libertad, la amenaza del terrorismo global y de los que odian la libertad. No es algo que nos deba sorprender. Resulta que la libertad y el progreso fueron una conquista lenta, de siglos, una conquista que avanzó poco a poco. La libertad siempre ha tenido enemigos. Si hoy existe es porque en el pasado hubo quien la defendió con determinación, brío y constancia.

Y ante los retos de hoy, algunos en Europa o, para ser más justos, en todo Occidente, tienen una reacción de apatía, resignación y derrotismo. Hay una parte de Occidente empeñada en culpar a Occidente mismo de los males del mundo, y muy especialmente de la virulencia del terrorismo.

A pesar de esta situación de Europa, creo que hay razones para el optimismo. Pero para ganar la esperanza es preciso ser valientes, mirar la realidad frente a frente y no negar nuestra propia identidad.

¿Qué tenemos que hacer para recuperar la esperanza?

En primer lugar, estar orgullosos de nuestros valores y de nuestros principios, los que conforman nuestra identidad. Los que compartimos con otros en lo que llamamos Occidente y que tienen una validez universal. Los que nos distinguen de quienes los odian y por ello odian lo que somos y quieren destruirnos.

Si decidimos que no queremos ser lo que somos, si caemos en la dictadura del relativismo moral, alimentaremos la desconfianza, el miedo al futuro y al cambio. Promoveremos el apaciguamiento con quienes quieren destruirnos, un error fatal que ya cometió Europa hace años.

Es sobre la base de nuestra identidad como hay que hacer frente a la amenaza de los enemigos de la libertad y los retos del futuro.

Y es que el mayor peligro que acecha a Europa es la tentación del nihilismo. La de creer que no hay auténticos valores que merezca la pena defender, como la vida, la igualdad o la libertad. Que cualquier otro sistema axiológico, sea el que sea, es intercambiable con el nuestro. Esta tentación del relativismo me parece estéril y peligrosa.

Un relativismo moral que lleva a redefinir instituciones básicas en nuestra cultura. Las naciones y las sociedades fuertes son las que se basan en instituciones sólidas y respetadas.

Ese relativismo moral lleva también a socavar el concepto de los derechos individuales y universales, para sustituirlo por supuestos nuevos derechos en función de determinadas circunstancias de las personas. Vemos una proliferación absurda de derechos de diseño que le lleva a uno a preguntarse dónde queda la universalidad de los derechos de la persona. En definitiva, si realmente seguimos creyendo en la unicidad y universalidad de la idea de persona.

Una Europa que no crece económicamente, que no quiere tener hijos y que no está dispuesta a defender sus valores, ¿dónde va?

El gran reto al que se enfrenta Europa y en gran medida todo Occidente es creer en los propios valores. Y hay que decir que no es imperialismo desear que la igualdad y la democracia sean válidas en Milán, Londres o Nueva York pero también en Kabul, Bagdad o Teherán.

Fuera de nuestras fronteras el gran reto es la extensión de la libertad y de la democracia. Este es no sólo un deber ético, sino un desafío existencial. Procurar la libertad y la democracia para el mayor número de naciones y personas no es sólo un imperativo moral, también es un interés de primer orden para Europa. No llego a entender a quienes sostienen, con sus ideas o con sus acciones y omisiones, que la libertad y la democracia y el reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales no son para todos. Porque si no son para todos, al final acabarán no siendo para nosotros.

El segundo reto gran reto al que nos debemos enfrentar es poner límites a Europa. Soy de los que piensan que el proceso europeo ha sido un éxito en términos históricos y que la ampliación ha sido uno de los grandes logros de nuestro tiempo. Me felicito sinceramente de que Rumania y Bulgaria hayan entrado a formar parte hace esto año del proyecto europeo. Pero Europa tiene que basarse en valores y tiene que ser viable.

Por eso hay que trazar un límite geográfico, porque el proyecto no puede consistir en la expansión perpetua. Europa debe ser viable y gobernable. Y convertir el eje de Europa en su ampliación sin límites es una forma de hacerlo inviable y de intentar esconder la falta de proyecto sugestivo.

Por otra parte pienso que los límites no deben ser sólo geográficos. Hay que poner también límites a lo que Europa puede y debe hacer. El origen de este proceso se basó en la idea de ampliar la libertad de los ciudadanos, de las personas. Europa no puede ser solo un proyecto de ingeniería social.

Hay que recuperar la idea primigenia de los padres de Europa, De Gasperi, Schumann y Adenauer, y avanzar por la Europa de las libertades. La condición de la libertad es la limitación del poder. Europa debe estar centrada en la libertad.

En este sentido hay que tener en cuenta que el marco histórico en el que la libertad ha crecido en Europa ha sido y es las naciones que la conforman. Europa no sobreviviría al intento de liquidar esas naciones, porque hemos de ser conscientes de que los valores europeos necesitan ser encarnados en realidades políticas más cercanas y decantadas por la historia.

El tercer gran reto de Europa es el de la economía abierta. El futuro de Europa sólo se puede basar en la economía de la libertad y de las oportunidades.

Si queremos generar confianza para crecer, la solución no es el intervencionismo ni el proteccionismo, sea a escala nacional o europea. Europa necesita crecer y crear más empleo. Y el camino para hacerlo de forma sostenida es el de la apertura y la liberalización, en un marco de estabilidad. El Mercado Único, la creación de la moneda única, el Euro, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento han sido grandes logros y convendría avanzar por ese camino.

También creo que Europa debe abrirse más al mundo. La creación de una gran zona económica de integración con los Países del Mediterráneo antes, con Latino América y otros después, tiene que ser un gran motor de crecimiento económico en Europa y en todo el mundo.

La experiencia histórica de Europa ha sido que cuanta más apertura e integración ha habido mejor han ido las cosas desde el punto de vista económico.

El cuarto reto al que Europa debe hacer frente es el de la inmigración.

Y creo que el modelo para tener éxito no puede ser otro que el de la integración, basada en los valores y principios de la sociedad abierta.

Esos valores que son europeos pero que se encarnan en las naciones que forman Europa. Es urgente que resolvamos esta cuestión y que cada nuevo inmigrante que llegue a Europa sea para compartir nuestros valores y principios, de raigambre judeocristiana, pero abiertos a todos. Y la única forma de hacerlo es integrarse en las naciones que integran Europa, en la sociedad italiana, francesa o española, cada una con su historia y su rica pluralidad.

Este año se cumplen cincuenta años del Tratado de Roma. Es una ocasión para conmemorar un éxito histórico sin precedentes. Pero también es una ocasión para alimentar la esperanza de una Europa que necesita afrontar el futuro con optimismo.

Confío en que los líderes europeos sepan lanzar el mensaje de la Europa fiel a sí misma, fiel a la idea de la libertad y la dignidad de la persona. La Europa de las naciones que ponen de lado sus querellas históricas a favor de un proyecto de libertad, apertura, fortaleza y confianza para ganar el futuro.

Pero, si esta es Europa, ¿que tenemos que decir de su relaciones con la parte del mundo donde se encuentran los millones de descendientes de europeos Latinoamericanos?

Siempre la Unión Europea se relacionó con los países de Latino América de distinta forma que con los Estados Unidos, pero con un retarde quasi culpable: no sólo relaciones económicas y comerciales, sino inversiones para garantizar el desarrollo y el estado de derecho, la cooperación cultural y científica.

El verdadero desafió es poner el desarrollo junto a los sistemas europeo y latino-americano en el marco global, con instrumentos de manejo y control que sean lo mas viables posibles por todos los países, respetando el medio ambiente y las normas de protección social, de las inversiones productivas internacionales y de los intereses propios de cada país.

La cooperación y la ayuda al desarrollo constituyen para la Unión Europea un compromiso fundamental, basado en los artículos 177-181 del Tratado de Roma. En consecuencia, la Unión Europea intenta contribuir a la reducción de la pobreza, al desarrollo sostenible y a la inserción de los países en desarrollo en la economía mundial.

La ayuda que brinda se compone exclusivamente de donaciones que, por definición, no exigen ningún tipo de reembolso. Junto con sus Estados miembros, la Unión Europea se perfila como el primer donante de ayuda pública al desarrollo en el mundo.

Para la Argentina, este compromiso empezó a materializarse en 1991, después de la ratificación del Acuerdo-Marco de Cooperación Comercial y Económica del 2 de abril 1990, y no ha dejado de fortalecerse desde entonces.

La Argentina se beneficia tanto de los programas geográficos de la Unión Europea para América latina como de sus programas temáticos. El monto de esta cooperación alcanzó los € 222,5 millones durante estos últimos 15 años, y en ella se incluyen los proyectos bilaterales, los temáticos y las participaciones argentinas en los diferentes programas. Esta suma asciende a € 444,1 millones si se cuentan los fondos destinados a la investigación científica.

La cooperación de la UE con Latino América se desenvuelve en 3 niveles.

1. Nivel bilateral. La cooperación de la UE se inserta siempre en el marco de la política de desarrollo decidida por el país beneficiario y refuerza las prioridades definidas por éste. En consecuencia, las acciones se seleccionan de común acuerdo con el Gobierno argentino y constituyen la estrategia plurianual de cooperación. Así, durante el 2005 y el 2006, se lanzaron en la Argentina los últimos proyectos de la estrategia 2000-2006, centrados en la educación primaria, la salud y los derechos humanos, mientras se definía, paralelamente, la futura estrategia de cooperación para el período 2007-2013. Desde 1991 hasta la fecha, se han financiado 35 proyectos por un monto total de € 92 millones.

2. Nivel subregional. La cooperación de la UE con el MERCOSUR tiene como meta esencial apoyar el proceso de integración. Se establece, también, un marco de estrategia plurianual de cooperación, en este caso, regional, y por ende, los fondos se destinan a las acciones prioritarias. Para el período 2002-2006, la suma alcanza los € 48 millones.

3. Nivel regional. La cooperación con Latina América se implementa mediante programas horizontales sobre temáticas específicas y con metodologías propias, tales como ALBAN, ALFA, AL-INVEST.
Argentina participa en 608 proyectos, que han recibido hasta el momento una contribución comunitaria de € 124,1 millones.

La cooperación temática se desarrolla a través de donaciones que se otorgan para proyectos específicos de las ONG, de otros actores de la sociedad civil o de poderes públicos locales. Los proyectos que se van a financiar se eligen mediante un mecanismo competitivo. Para cada temática, se organizan convocatorias internacionales o regionales, donde pueden presentar sus propuestas las organizaciones de la sociedad civil o las instituciones públicas locales. Aunque esta modalidad de financiación implica fondos más modestos que en el caso de la cooperación geográfica, hay que señalar que en la Argentina, ya se han financiado 101 proyectos temáticos por una cifra total de € 30,6 millones.

Hasta el presente, los fondos de la Unión Europea se han aplicado principalmente al ámbito de la cohesión social, la cooperación económica, los derechos humanos, el medio ambiente y la cooperación universitaria.

La UE aporta, además, fondos para el desarrollo de la investigación científica en el mundo. Desde 1991, 222 proyectos de investigación con participación de instituciones argentinas, canalizados por medio de los Programas Marco de Investigación y del Programa @Lis, han recibido una contribución comunitaria de € 221,6 millones.

Por el futuro de la cooperación geográfica con Latino América, la Comisión Europea presentó en el mes de abril su nueva estrategia para los años 2007 a 2013, que se acompaña por un paquete de ayuda sustancial de un total de € 2.690 millones.

Esta nueva estrategia se basa en las prioridades discutidas con los diversos países.

Los elementos esenciales son:

1) fomento de la cohesión social: lucha contra la pobreza, la desigualdad y la exclusión social;

2) apoyo a la integración regional y la cooperación económica;

3) promoción del conocimiento mutuo entre la UE y América Latina;

4) buen gobierno, derechos humanos;

5) desarrollo sostenible: y en particular, protección forestal y biodiversidad, entre otros aspectos.

Además de esta distribución, también habrá varios programas temáticos accesibles a todos los países de Latina América, tales como educación, salud, medio ambiente, emigración y sociedad civil.

Por supuesto, los actores privados, PyMEs y grandes empresas, sociedad civil, y públicos, Autoridades nacionales y locales, tienen que hacer sus partes, y laborar fuerte por un desarrollo verdadero y sencillo, durable y rentable por todos.

Esta es nuestra tarea! Vamos!

Muchas gracias.

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