
Signos, símbolos, ritos, gestos… son palabras que con frecuencia usamos y que tienen su importancia y sentido específico en la liturgia. Todos ellos están presentes en nuestras celebraciones. Se entremezclan y hacen posible la comunicación, la expresión. Veamos cada uno de estos elementos por separado, más allá de que en las celebraciones aparezcan muy unidos.
Decía S. Agustín: “El signo es una cosa que, además de la imagen que infunde en los sentidos, hace venir otra cosa diversa de sí al pensamiento.”
El Signo implica un doble elemento: significante (lo que percibimos) y significado (lo que entendemos).
Ej.: vemos la luz roja del semáforo (significante) y entendemos ¡deténgase! (significado). Entonces, el signo es un medio de comunicación entre seres inteligentes, que a través de un código son capaces de recibir y transmitir mensajes.
En 1598, se firmó el Edicto de Nantes, que brindaba libertad religiosa y protección a los protestantes; también se puso en marcha en dicha época, la reforma de las matemáticas, introduciéndose los números arábigos con sistema decimal para reemplazar al engorroso sistema de números romanos. En tal tiempo histórico, desaparecía la quema de brujas abogada por la Demonología de Jacobo I de Inglaterra y nacía el fuego cartesiano. Esos números serían fácilmente comprensibles y los partidarios de otras religiones diferentes ya no morirían quemados en la hoguera.
En materia de tránsito los conductores deben obedecer señales, signos y números. Donde la aplicación de los mismos presta utilidad, por ejemplo, para indicar el máximo de velocidad permitida para circular.
A pesar del tiempo transcurrido, en nuestro país, a tenor del poco respeto que tales indicaciones merecen, los signos parecieran jeroglíficos egipcios y los números resultarían más inextricables que los inventados y utilizados por los romanos hasta el siglo X de la era cristiana. Por supuesto, tampoco, nunca hemos visto como castigo, se queme al igual que las brujas de Salem a los desaprensivos conductores que truncan vidas propias de y terceros, en este último caso, por el contrario, difícilmente los mismos pasen más de algunas horas detenidos. Nuestro Código Penal contempla la tipificación del homicidio culposo (Art. 84), que por lo general permite la excarcelación.
Los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley no cometerán ningún acto de corrupción. También se opondrán rigurosamente a todos los actos de esta índole y los combatirán. (artículo 7 del Código de Conducta para funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, de la ONU (*)
Incorporado como mensaje a la normativa de la ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Por estos días se ha puesto en boga, discutir y analizar públicamente, un antiguo karma marplatense. El mismo no es otro que la constante violación de las leyes de tránsito por parte de automovilistas y peatones.
Deberíamos, quizás, tener datos más amplios para realizar una completa y seria estadística, por ahora, pareciera alcanzan los cientos de muertos y los miles de heridos que año tras año registran las crónicas periodísticas y los libros policiales. Si a los datos conocidos le adicionáramos la impericia conductiva que a diario observamos en nuestras calles y rutas cercanas, el pésimo estado de un alto porcentual de vehículos que ni siquiera sirven de chatarra y que sin embargo por la desidia y malentendida “lastima populista” de las autoridades de turno se los deja circular, sin duda, esa estadística, competiría con las primeras en el mundo en materia de accidentes.
Peor no nos puede ir a los marplatenses con el caótico tránsito que tenemos, desde hace años, con escaso y deficiente control, donde el cruzar la luz roja es casi cosa de todos los días. Tal infracción es un clásico frente a la esquina del propio Palacio Municipal. Luro e Yrigoyen. Lo hacen, pues olímpicamente ignoran los signos que arriba referíamos, principalmente los vehículos de transporte público de pasajeros, (ómnibus y taxis) que tal parece tienen patente de corso. Todo, pareciera, les está permitido, desconociéndose la cantidad de infracciones que cometen, muchas a la vista de los controladores del tránsito.
Conclusión: Para que las normas existentes se respeten, hace falta decisión y coraje político. Luego de ello, aplicar la válida coacción que surge del poder de policía. El Municipio del Partido de Gral. Pueyrredón no sólo necesita los 60 agentes que recientemente se incorporaron, posiblemente hagan falta 100 más, junto al apoyo de la fuerza pública provincial. Todo será bienvenido pues al fin, ni más ni menos, se estarán salvando vidas humanas, que entendemos, es el mayor patrimonio que debemos preservar.