
Setiembre de 1955, marcó en la historia argentina, el quiebre mas profundo que separó a sus habitantes, durante gran parte del siglo XX.
Ya en 1930 se había esparcido un deletéreo efecto sobre el cuerpo institucional de la Nación, con la destitución de Hipólito Yrigoyen.
Aquel setiembre de hace 52 años, fue una repetición moderna del Caseros de 1852. Se reinstaló una mentirosa consigna, “ni vencedores ni vencidos”. Hace 52 años el general-presidente Eduardo Lonardi, acompañado por el almirante-vicepresidente Isaac Rojas, anunciaba desde un balcón que había tenido dueño hasta hacía apenas una semana, que en el proceso político que se iniciaba, bautizado por sus autores civiles y militares como “Revolución Libertadora”, no iba a haber ni vencedores ni vencidos.
¿Qué había sucedido? ¿Por qué el dirigente de un movimiento popular que en fecha tan cercana a su derrocamiento, como abril de 1954, había demostrado poseer un dominio casi absoluto sobre el electorado se veía ahora incapaz de detener la erosión de su poder? Más que en el análisis de factores generales como la situación económica, las respuestas deben buscarse en la atmósfera emocional y altamente politizada que el propio Perón, con actos de deliberación y descuido, había contribuido a crear.(1)
En efecto, aunque no sin problemas, la economía argentina estaba en mejor situación, comparada con la crisis del período 1951-1952. La tasa anual de inflación, que había superado el 35%, había bajado a niveles de una sola cifra en 1953 y en 1954; las balanzas comerciales se inclinaban a favor de la Argentina, y el nivel general de la actividad económica estaba otra vez en alza. El gobierno, además, había decidido atacar los obstáculos para un rápido desarrollo económico, y hacia marzo de 1955 había establecido acuerdos con una compañía petrolífera norteamericana para inversiones que reducirían la dependencia de nuestro país respecto de combustibles importados, y con el Banco de Exportación e Importación de EE.UU. respecto de un crédito de 60 millones de dólares para la tan postergada planta siderúrgica.
El mensaje de aquel carismático líder nacional, nunca superado por político alguno, era, producir, producir y producir. Nunca, ni sus propios seguidores y mucho menos, los acérrimos enemigos, comprendieron tal aviso casi desesperado, que indudablemente, era el que debería haber seguido aquella generación, la cual, una vez más, descarrilaba el tren de la historia, para sumirnos en una vía muerta, donde los desencuentros, no sólo cobrarían miles de vidas inocentes, sino un atraso jamás recuperado.
Otro setiembre, el de 1861, la historia nos señala como ejemplo de renunciamiento para ahorrar sangre entre hermanos y en pos de la unidad nacional. Ello, ocurrió en la batalla de Pavón, cuando el General Urquiza se retira, con el objeto de no profundizar la división de un país que recién comenzaba sus primeros pasos institucionales.
No fueron, precisamente, las huestes sanguinarias que comandaron Aramburu y Rojas, las que instaron a la unidad y reconciliación en setiembre de 1955. Mas vale, la salida del escenario político de Perón, posibilitó un inevitable baño de sangre, ya que de haber insistido el jefe peronista en resistir el ataque de los insurrectos, el resultado hubiese sido de impredecibles consecuencias.
Ha pasado más de medio siglo. Pero es necesario, recordar, para no reiterar errores. Hoy la sociedad asiste a un nuevo desafío, resolver el futuro de nuestra República dentro de un marco institucional, que, de ninguna forma, argentino alguno está dispuesto a resignar.
La Democracia, inició definitivamente, en 1983, un camino sin retorno con aquellas viejas prácticas de irrupción del poder estatal, éste, quedará a cargo de quien el verdadero soberano, el pueblo, consagre en las urnas el próximo 28 de octubre y así por los tiempos de los tiempos.
Enrique Serra.-
(1) Fuente: Biblioteca Argentina de Historia Política. (Hyspamérica edición 1985)