“Me siento inclinado a creer que si la fe (de un hombre) es defectuosa, éste debe estar sometido; y si es creyente, es libre.”
Estas son palabras de Alexis de Tocqueville en su clásica obra Democracia en América.

Alexis de Tocqueville
Nacido en París en 1805, Tocqueville era miembro de la pequeña nobleza. Fue enviado por su familia a los Estados Unidos, junto a su amigo Gustave de Beaumont, para evitar el alboroto resultante de la revolución de 1830.
La narración que surge de la visita a los EEUU se ha convertido en una obra clásica de la filosofía política y de los comentarios sociales. Al analizar el siglo XIX americano, Tocqueville señaló tanto los puntos débiles como los fuertes de los Estados Unidos, y una de sus principales conclusiones fue que la democracia requiere siempre de una base moral.
Tocqueville fue testigo de un periodo crucial de la historia de Francia que va desde la caída de Napoleón y la restauración de los Borbones en 1815, hasta las revoluciones de 1830 y 1848 y la proclamación de la II República.
Alexis de Tocqueville, aceptó el nuevo régimen y entró en la vida política después de su regreso de los Estados Unidos, donde gestó La democracia en América, obra que le reportó notoriedad y un sillón en la Academia francesa. En 1839 fue elegido diputado.
Su mirada se posa en uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo, el individualismo, que repliega a los ciudadanos en la esfera familiar y les aparta de lo público y, por negligencia o comodidad, les induce a relegar sus derechos y dejarlos en manos del Estado. Ese Estado benefactor, al que se otorga más y más poder y al que se exige que resuelva todos los problemas, alcanza así con sus largos tentáculos los últimos reductos de la vida humana, hasta controlar toda su existencia. Nos creemos cándidamente que la soberanía del pueblo conjura la amenaza del despotismo. Pero la soberanía popular puede convertirse en la tapadera que lo esconde, en la farsa que convierte al pueblo en actor durante el tiempo necesario para elegir a los nuevos amos a los que unos ciudadanos negligentes, incapaces de asumir responsabilidades, se encomiendan en cuerpo y alma. El despotismo democrático convierte de este modo a la nación en un rebaño de animales pastoreado por el Gobierno. Tocqueville no sólo alerta del peligro, sino que propone soluciones para prevenir las desviaciones de la democracia: se necesita una sociedad civil alerta y fuerte, estructurada en asociaciones múltiples que fijen frenos a los poderes públicos, una prensa libre, una justicia independiente y una gran descentralización administrativa.
El anterior análisis surge de la simple lectura de comentaristas o de las mismas páginas de la obra que aludíamos del genial francés.
A doscientos años del nacimiento de Tocqueville, todas las similitudes que padecemos los argentinos, las incongruencias que adolecemos, los pecados no asumidos por falta de compromiso, sumado a la corrupción que se ha esparcido por los cuerpos cavernosos de una democracia mas aparente que real, no son simples casualidades, sino que se cumple la advertencia que desde los tiempos nos vienen haciendo hombres que asistieron al alumbramiento de un sistema que pareciera nos estamos perfeccionando en derruirlo.
Repetir ejemplos sería casi ocioso, simplemente recordar el tema del Consejo de la Magistratura, al que se le suma el intento de desplazamiento del Vicepresidente y la reelección. Películas que continuamente nos ofrecen al mejor estilo del canal “volver” y sobre las cuales sabemos el final.
Fuente principal:María José Villaverde, Universidad Complutense.
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