
El realismo mágico se define como la preocupación estilística y el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. No es una expresión literaria mágica, su finalidad no es la de suscitar emociones sino más bien expresarlas y es, sobre todas las cosas, una actitud frente a la realidad. Una de las obras más representativas de este estilo es Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
El realismo mágico comparte ciertas características con el realismo épico, como la pretensión de dar verosimilitud interna a lo fantástico e irreal, a diferencia de la actitud nihilista asumida originalmente por las vanguardias como el surrealismo.
Una vez Gabriel García Márquez dijo: “Mi problema más importante era destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico. Porque en el mundo que trataba de evocar, esa barrera no existía. Pero necesitaba un tono inocente, que por su prestigio volviera verosímiles las cosas que menos lo parecían, y que lo hiciera sin perturbar la unidad del relato. También el lenguaje era una dificultad de fondo, pues la verdad no parece verdad simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga.”
En su libro El enfrentamiento de las civilizaciones, Samuel P. Huntington realiza una aseveración que indignó a la mayoría de los latinoamericanos: afirma que Latinoamérica no pertenece a la civilización occidental. En vez de enojarnos, pienso que sería más provechoso cuestionarnos seriamente, cuánto hay de cierto en esa premisa.
Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad , dice que los mexicanos viven mintiéndose a sí mismos. Que es la norma en las relaciones interpersonales. “La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente”, escribe. Opinamos que en ese dato, extensible a toda la región, reside “aquello” que nos haría diferentes a los demás países occidentales: nuestra incapacidad para ver al mundo tal cual es. Es lo que algunos han dado en llamar el “realismo mágico”.
Proyectamos la realidad a través del prisma de nuestras ilusiones, en vez de mirarla de frente. Aunque parezca una paradoja, la hiperracionalización de la vida comunitaria nos hace perder contacto con lo tangible y nos inclina hacia la conducta social irracional.
Mientras que nosotros seguimos discutiendo si los monopolios “públicos” son beneficiosos porque “aportan a rentas generales” y no persiguen el “lucro personal”, en el resto de Occidente hace tiempo que se acepta que cualquier monopolio es un privilegio exclusivo otorgado a un gremio o corporación. Y por definición, cualquier privilegio es injusto.
Luego de releer los fragmentos de las publicaciones citadas, es obligatoria una conclusión al respecto. En mi caso la centraré en los temas que cotidianamente nos abruman.
¿Debemos seguir soportando calladamente la abyecta mentira política de buena parte de nuestros gobernantes, las parodias que se montan para distraer al público de los graves problemas producidos por la ineptitud de venales e ignorantes funcionarios y el acostumbramiento que conlleva la impunidad conque se desenvuelven, dentro de un cuadro estructural de corrupción, realmente insoportable?
¿Será eterna la cruz que deberemos cargar en cuanto a la expoliación que sufren parte de nuestros ingresos, con la cuota que de los mismos se llevan ciertos servicios, pésimamente prestados?: Telefonía fija, TV x cable, Telefonía celular, transporte público de pasajeros, etc. Esto refiriéndonos a los concesionados. Dejamos de lado por el momento, a los que directamente están en manos del estado (seguridad, justicia, salud, educación)
Es en estos puntos donde-a mi criterio-aparece el realismo mágico. En efecto, si tomamos, conjuntamente con las incongruencias arriba señaladas, las explicaciones que los prestadores privados y sus controlantes estatales aportan a los reclamos que como usuarios realizamos,-quizás no con la debida profundidad-sobre la horrenda y pésima calidad de dichos servicios y el atraso tecnológico de los soportes técnicos, concluiremos que no solamente estamos lejos de occidente, realmente, buena parte de Américalatina, está lejos del mundo.
Enrique Serra.-