
La herencia griega sigue sustentando buen parte de nuestro mundo intelectual, tanto en lo que toca a la teoría política como, obviamente, a la alta cultura literaria y filosófica. Los griegos inventaron y pusieron en práctica los conceptos fundamentales de la sociedad democrática, así como todos los géneros literarios y filosóficos de la tradición occidental, y la modernidad se define, en muy amplia medida, en su renovación y contraste con las propuestas antiguas. De ese legado antiguo cada época ha ido haciendo sus relecturas históricas y unas reinterpretaciones diversas, pero incluso la discusión de los ideales y programas antiguos es una muestra indiscutible de su pervivencia. De algún modo podríamos decir que la actitud crítica frente al pasado es ya en sí misma una herencia y una impronta helénica en la cultura occidental. La alétheia, la “verdad”, fue para los griegos un arduo “descubrimiento”, una conquista de la reflexión y la crítica sobre los mensajes de la tradición y la realidad.
Ser ciudadano es ahora algo muy distinto de lo que significó en la Atenas clásica, cuando la polis integraba a sus ciudadanos en su marco solidario y configuraba un ámbito social de libertad y autonomía. Recordemos que Aristóteles definía al ser humano como un zoon politikón, afirmando que la ciudad es esencialmente anterior al individuo y lo forma como ser comunicativo, mientras que los filósofos helenísticos , en contexto mucho más “globalizado” pensaban ya de otro modo. La democracia antigua surgió en una polis hoy imposible.
Frente a las explicaciones tradicionales del mythos, la civilización griega progresa apoyada en el lógos (razón, razonamiento, palabra coherente, cálculo, texto escrito, etc.) que es objetivo y “común” (como dijo el filósofo Heráclito), base del diálogo (que, según Borges, fue un invento griego) y también del razonamiento abstracto (las matemáticas fueron para los griegos el mejor ejemplo de ciencia y hallaron su mejor logro en las obras de Euclides y Arquímedes). El ciudadano ateniense, gracias a una paideía popular, democrática, de ideales nobles, podía verse retratado en el famoso aserto de Pericles, según Tucídides: “Amamos la belleza a buen precio y buscamos la sabiduría con firmeza”. Podemos preguntarnos cuánto queda de ese programa cívico en nuestro mundo actual.
Extracto de: La fuente griega
“El camino de los Griegos (Polis, Logos, Paideia)”
Carlos García Gual.
¿Qué respuesta podríamos construir al último tramo del texto arriba inserto? Varias, pero cualquiera incurriría en una falacia si interpusiera la época. Días pasados leía una expresión de Kant, donde afirmaba que el Derecho Romano era la razón escrita. El famoso filósofo alemán nació en el siglo XVIII, murió apenas comenzado el XIX, pero quienes han dedicado esfuerzo y tiempo al estudio de su sabiduría, encuentran un hilo conductor al de otros pensadores anteriores como Platón y Aristóteles. Indudablemente todo el espectro cultural y científico humano esta indisolublemente ligado a los precedentes. Las sociedades que han roto con esos caminos del conocimiento o que han sometido a sus componentes a yugos extraviados, han, indefectiblemente, culminado en catástrofe.
Ejemplos: Rusia Zarista, Unión Soviética, Alemania Nazi y sus satélites. Etc. La modernidad surgida luego de las grandes conflagraciones mundiales, abrió la esperanza de un mundo más justo. A ciertos países les ha costado desarrollarse mucho más que a otros. Algo lógico en un contexto desigual desde que el hombre dejó la primera etapa colectiva de su desarrollo y comenzó a ser centro de la escena social.
El Derecho Romano-según algunos autores- desde la fundación de Roma (764 AC) hasta mediados del siglo VI DC, ha dejado una huella indeleble a lo largo y ancho del mundo, aún, en aquellos donde se practica el “Common Law”
Casualmente, uno de los principios de nuestro Derecho, heredero directo del Romano, es un orden social justo. Nos referimos al que así pueda calificar a la luz de la equidad, de la justicia social, tan pregonada por muchos gobiernos nacionales y pocas veces hecha realidad. En tal sentido y permitiéndonos una digresión en el presente sobre un hecho histórico, la constitución de 1949 perseguía concretamente tal aspiración. No afirmamos que la actual no intente operar sobre lo que puede considerarse un concreto mandato de nuestro pueblo. El capítulo II de nuestra actual CN, es un reflejo de tal situación.
Hemos, como en otras oportunidades, utilizado esta gimnasia retrospectiva en cuanto a la visión de los precedentes, a manera de “per saltum”, para referirnos a la actual situación-que nos comprende-de la gran mayoría de los argentinos.
En efecto, el parámetro fijado por Moyano de la banda del 20% como aumento para los asalariados de nuestro país, no hace otra cosa que reafirmar que estamos ante una de las más conservadoras administraciones nacionales de los últimos 25 años. Las sustanciales iniquidades que permeabilizan varias franjas de nuestra sociedad, no se han corregido y tampoco experimentarán un cambio positivo con este tipo de políticas. La mentira de los índices oficiales disfraza la enorme brecha que lastima a nuestra sociedad desde hace años. en tal sentido expresamos una vez más; que hay muchos que ganan muy poco y pocos que ganan cada día más.
Bajo el ilusorio paraguas de revindicar el montonerismo de los 70, sólo presente en la memoria de los que componen la cumbre del aparato kirchnerista, intentan ocultar apremiantes situaciones de inseguridad, pobreza, salud, educación y fundamentalmente: corrupción.
La virtuosidad que ofrece nuestro Derecho, heredada del Derecho Romano, en el sentido de dar a cada uno lo suyo, la necesidad de enrolarnos en el concierto de las naciones que han tomado como principal bandera la paz social, están siendo destruidas por una insaciable voracidad hegemónica de mantener el poder cueste lo que cueste.
El precio que todos deberemos pagar por esta temporal “francachela política”, que ha dilapidado corruptamente el esfuerzo de millones de argentinos, e intenta destruir nuestra herencia cultural, será muy alto. Por ello, no debemos ahorrar vigor en la diaria tarea a realizar para comprometernos y alinearnos junto a los hombres y mujeres decentes de este país-que los hay-, lo cual, deberá ser una constante preocupación y una eficaz ocupación de una parte de nuestro tiempo.
Enrique Serra.-