
Si observamos a lo largo del vasto paisaje de la historia, la vida de un ser humano puede parecer pequeña e insignificante. No obstante, aunque los seres humanos parezcan ser barridos por el fluir de la historia, también está claro que los seres humanos son los que crean la historia.
Decía Jules Michelet “Los verdaderos héroes de la historia son las personas comunes”
La heroicidad de muchos, millones de seres humanos anónimos, esos que nunca registrarán los documentos que sirven para construir la historia de los pueblos, no sólo estará empedrada por aquellos que entregaron la vida en batallas por la defensa de su territorio, sino en los tantos que luego de obtenida la misma, persistieron con idéntico fervor para el perfeccionamiento de esa libertad conseguida.
La libertad vista como un valor aislado del contexto parece algo obvio, sin embargo la libertad nunca será completa si le falta una serie de elementos que, aunados a ella permiten el pleno su pleno goce y la comprensión del alto y amplio valor que la misma conlleva.
Uno de esos valores, es la seguridad. En efecto, de poco serviría la libertad sino tenemos seguridad para desarrollar normalmente nuestras actividades dentro de la comunidad donde habitamos.
Hoy a la luz de acontecimientos que lamentablemente se suceden con una frecuencia verdaderamente alarmante, hace que tengamos que revalorizar los símbolos de la seguridad, exigiendo al órgano competente del Estado, extreme su acción para no permitir el avasallamiento de los derechos humanos.
En ese punto puede que encajen las peticiones que se pondrán de manifiesto en la marcha que organiza el ingeniero Blumberg, tan cuestionada desde un sector minoritario del aparato estatal.
Nosotros entendemos que no es la institución Presidente de la República quien habilita ciertas acciones que intentan acarrear algún disvalor a un hecho simple, aunque con características complejas como es el acto de peticionar. Son los integrantes del séquito, impotentes políticos que no han conseguido disfrutar del éxtasis que proporciona el reconocimiento popular, los que tratan de impedir que otros sectores puedan gozar de cierta aprobación popular.
Una vieja expresión acuñada en la revolución Sandinista, decía: “Podrán cortar todas las flores, pero nunca detendrán la primavera”.
Puede que la comparación suene algo exagerada, no obstante la insertamos, pues de seguir la escalada delincuencial en nuestra sociedad, la respuesta será mayor petición, mayor bronca, mayor repulsa. Ello luego puede desencadenar reacciones innecesarias y para nada deseadas por una mayoría que sueña con el goce en plenitud de aquella libertad que hacíamos referencia en el primer párrafo.
De tal manera, insistimos en que el pueblo ya no será un pacífico actor en el desenvolvimiento de las políticas que le atañen en forma directa. El estado no puede seguir con esta tibieza en el enfrentamiento de la delincuencia.
Se terminaron muchas de las causales que en alguna medida podrían atenuar ciertos comportamientos reñidos con la ley. Si bien persisten elementos que funcionan como caldos de cultivo en el accionar delictivo, existió y existe una fuerte inversión en la contención de todos aquellos que fueron marginados como producto de las políticas aplicadas en la década del 90.
Por lo tanto, una constante a nivel mundial, es el significativo aumento de ruptura de la convivencia social pacífica en las grandes ciudades, así como por las conductas delictivas que afectan los derechos a la vida, a la integridad, a la libertad (física, sexual, etc.), a la propiedad, etc., ocasionando con ello una situación generalizada de inseguridad.
También es necesario mencionar, que las sociedades modernas viven obsesionadas con la búsqueda de seguridad, y la nuestra no es la excepción.
El tema de la inseguridad se ha convertido en uno de los más grandes y graves problemas en la actualidad. Frente a ello, las soluciones que suelen plantearse son diversas: medidas punitivas drásticas para combatir la criminalidad, organización de la sociedad civil para crear mecanismos de protección y prevención frente a actos criminales, participación de los gobiernos locales en tareas de seguridad ciudadana, etc.
Desde esta perspectiva, puede señalarse que existe cierto consenso en delimitar el carácter instrumental de la seguridad ciudadana, concepto que en un primer momento se asocia a la represión de los delitos y la búsqueda de un orden, es decir, se vincula con el control y la reacción frente a la criminalidad, especialmente en las grandes urbes.
Conclusión: Todas las conductas que la sociedad, a través de los distintos mecanismos existentes, adopte en pos de exigir el cumplimiento de indelegables funciones por parte del Estado, fueron, son y serán válidas.
Aunque las mismas resulten molestas, aunque deriven en pérdida de votos, aunque signifique el desgaste de funcionarios de segundo orden, éstas, deberán ser aceptadas y no enfrentarlas sesgadamente, como lo vienen haciendo hasta el presente mediante la utilización del vehículo mediático personificado en el ex piquetero D`Elía.
excelente columna, sin embargpo creo que podrías incluir aspectos más prácticos dentro de todo lo filosófico y teórico, de todas maneras tenés un buenísimo el blog.