Los dos artículos que nuestra constitución nacional, hace mención sobre la duración del mandato presidencial son el 90 y el 91:

Artículo 90.- El Presidente y vicepresidente duran en sus funciones el término de cuatro años y podrán ser reelegidos o sucederse recíprocamente por un sólo período consecutivo. Si han sido reelectos, o se han sucedido recíprocamente, no pueden ser elegidos para ninguno de ambos cargos, sino con el intervalo de un período.
Artículo 91.- El Presidente de la Nación cesa en el poder el mismo día en que expira su período de cuatro años; sin que evento alguno que lo haya interrumpido, pueda ser motivo de que se le complete más tarde.
En EEUU, existe una enmienda en La Constitución de Filadelfia (1787) que le fijó al Presidente períodos de cuatro años. Como no prohibió la reelección, ha tenido lugar en varias ocasiones.
Washington fue reelegido en 1.792. No se presentó para un tercer período (segunda reelección) para evitar que mas tarde su ejemplo pusiera en peligro “las instituciones republicanas”. Por respeto a ese precedente, ninguno de sus sucesores buscó quedarse más de 8 años. Quiénes fueron reelegidos, lo fueron una sola vez.
La “regla” la rompió Franklin D. Roosevelt que fue elegido para 4 períodos.-Debemos recordar que en esos tiempos, se había declarado la segunda guerra mundial-.
Con el fin de evitar que situación comparable se repitiera, la Enmienda XXII (febrero 26 de 1.951) sólo autoriza dos períodos, o sea una sola reelección que puede ser consecutiva o mediata.
En Europa debido a la existencia de monarquías constitucionales y regímenes parlamentarios, no existe el problema de la reelección presidencial.
América Latina
Las limitaciones a la reelección que en el continente se han establecido son producto de las experiencias negativas que han vivido buen número de países, particularmente aquellos que durante mucho tiempo han sido gobernados por caudillos que buscaron perpetuarse en el ejercicio del poder, detrás de una seudo democracia, es decir, con base en un proceso eleccionario que los “legitimaba”.
Pero cada tanto surgen amagues-inspirados en algunos caudillos- para modificar las constituciones, con el fin de perpetuarse en el poder. Lo han intentado figuras políticas que se creyeron “iluminados” y por tanto, ellos pensaron que deberían permanecer eternamente en el ejercicio del poder.
Afortunadamente de una u otra forma, aunque no muy prolija, nos venimos salvando de los estragos de las hegemonías. Salvo excepciones que todos conocemos.
En todos los países de la Región se ha aplicado el régimen presidencial, con marcadas desviaciones hacia el presidencialismo. Sólo Chile, entre 1892 y 1925, ensayó el sistema parlamentario. Lo mismo hizo Brasil en un período mucho más corto (1961- 1963). A veces se incorporan elementos propios del régimen parlamentario en sistemas presidenciales.
El caso de Uruguay-que tenía un sistema de ejecutivo colegiado- fue modificado por Gabriel Terra, electo presidente en 1931, que dio un golpe de Estado el 31 de marzo de 1933, disolviendo el Poder Legislativo y la parte colegiada del Poder Ejecutivo, el Consejo Nacional de Administración.
En Brasil, en 1994, tras la caída de Collor de Mello, el cambio de régimen se volvió a plantear-tenían sistema parlamentario- y el pueblo se pronunció a favor del sistema presidencial.
En Guatemala se prohíbe constitucionalmente repetir el mandato.
La reelección no solamente se refiere a volver a elegir al Presidente en ejercicio, sino también a elegir a cualquiera que haya desempeñado el cargo con anterioridad. En todo caso, la prohibición de elegir a ex gobernantes se origina de que ha habido experiencias en que, con el propósito de que el gobernante de turno pudiese reelegirse después de transcurrido el período Presidencial subsiguiente, se las arregló para que un pariente suyo o un testaferro ocupara el cargo de presidente en el ínterin.
En Venezuela el actual presidente Hugo Chavez, no ha ocultado para nada su afán reeleccionista, y para ello debe modificar la constitución de su país.
Después de haber repasado sintéticamente este historial sobre los sistemas presidencialistas de América y habiéndolos comparado con lo que sucede en Europa y EEUU, podremos convenir que en los referentes de América Latina, existe una permanente inquietud por parte de quien ejerce el ejecutivo, en materia de reelección.
En nuestro país, luego de reestablecida la Democracia en 1983, hemos tenido un traumático paso en lo referido a la calidad institucional. Debimos sortear diversos “baches”, que se nos presentaron con variada forma. Uno de ellos, se instaló mediante la reforma constitucional de 1994 que permitió a Menem ser reelecto. Recordemos que él pretendía quedarse más tiempo.
Ahora, que en alguna medida la calma política parece ser la pretensión unánime del conjunto mayoritario del pueblo, surgen anticipadamente los primeros espasmos reeleccionistas, dentro del marco normativo previsto constitucionalmente. Pero el problema no se agota en si mismo, sino en la proyección que tal elemento conlleva.
La premura que surge este año con respecto a este tipo de movimientos, se debe a la necesaria fortaleza que el actual presidente necesita darle a la pequeña estructura que lo acompaña desde la sureña Santa Cruz.
En efecto, en el marco del “acto de la plaza del si” pudo observarse claramente el copamiento del “aparato” del PJ, que para nada ha diluido su galvanizada maquinaria “convocante”, y que la misma mantiene intacto su mecanismo casi de relojería.
Esta situación y quizás poco importe lo demás, son los detonadores de un “murmullo”, qué se deja oír tras las bambalinas donde se llevan a cabo las negociaciones con los restos de algunas fuerzas políticas, que a su vez han dado pábulo a este nuevo invento K, llamado “pluralidad”
Naturalmente, a los dirigentes siempre les resulta muy difícil renunciar al poder. Algunos lo han hecho, más o menos voluntariamente, para volver a surgir de repente del olvido.
¿Será quizás que en Kirchner esté naciendo el temor del resurgimiento de Duhalde?
No hay un método infalible para garantizar que estos dirigentes políticos se marchen sin derramar lágrimas. La adicción al cargo político siempre es preocupante, porque, cuando los mismos dejan de reconocer los límites de su poder, el daño que provocan a la Democracia es irreversible.
Al comienzo se produce la desconexión con la realidad, luego le sigue la creencia de que son los únicos que saben lo que al país le conviene y lo que no.
Así pues, lo que hemos de preguntarnos es si hay alguna forma de velar por que los dirigentes políticos abandonen a tiempo. Mientras la Constitución de EE.UU. muestra los límites de las salvaguardias institucionales, el papel de los partidos políticos es claramente importante a la hora de limitar los periodos de mandato
Al final, no hay un método infalible para garantizar que los dirigentes políticos se marchen sin derramar lágrimas. Lo que importa es que haya mecanismos establecidos que los hagan marcharse, probablemente bastante tarde y, desde luego, algo doloridos y desdichados, pero a tiempo para que la constitución de la libertad permanezca intacta.