
A lo largo de la historia, ha habido gobernantes cuyo poder ilimitado les ha permitido cometer actos terribles contra su propio pueblo. Para evitar esto, aparecieron-hace varios siglos-en Europa diversos intentos de limitar el poder político ya que no todo podía permitírsele al rey.
Mientras en los demás continentes, los soberanos todopoderosos oprimían a sus pueblos a su antojo, documentos como el Usatges de Barcelona y más tarde la Magna Carta inglesa sometieron a los gobernantes europeos al imperio de la ley. Como ejemplo basta recordar el juramento de lealtad que en la Corona de Aragón se hacía al rey:
`Nosotros que valemos tanto como vos, juramos ante vos que no sois mejor que nosotros, que os aceptamos como rey y soberano siempre y cuando respetéis nuestras libertades y leyes...´
En efecto, si como dijera John Emerich, barón de Acton (1834-1902),
“el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de forma absoluta”
El poder estatal habrá de tener unas limitaciones muy claras o su corrupción lo hará insoportable a los ciudadanos.
El Estado sigue siendo una ficción jurídica que inicialmente tuvo su primera aparición en 1212; que heredamos de esa cultura Europea, no en ficciones, sino en Derecho e incluso hasta en el Estado de Derecho y del Estado sabemos o creemos saber lo imprescindible, pero de ficciones el abanico de posibilidades es tan amplio como el número de humanos que habitamos este suelo.
Eduardo Camorro nos dice que: Quienes saben un poco de ficciones admiran la arquitectura del Estado por lo que creen percibir del mismo en cuanto su contenido de ciencia y de arte. También admiramos la fina y elegante invención del Derecho porque de ella procede la definición de la ley como la recta razón. Desde esa perspectiva de lo que se sabe, mucho o poco, y de lo que se admira, que suele ser bastante porque el mundo es una cornucopia de fenómenos pasmosos, la mera contemplación de las cosas suele ser entretenida, tan entretenida como irritante la variada gama de reflexiones que suscita eso que vemos.
Si la ley es la recta razón y el Estado una ficción jurídica, cabe preguntarse si esa ficción se refiere a la razón en cuanto recta, es decir, «justa, severa y firme en sus resoluciones», o a las resoluciones en cuanto a razonables. Y para que la pregunta tenga sentido, hay que dejar claro que estamos hablando de las cosas que pasan, así como de las que pudiendo pasar, no pasan.
Las ficciones no se interesan en la verdad, sino en las técnicas de lo verosímil, en apariencias que funcionen con un aspecto persuasivo y convincente. Esto que pareciera a través de los años haber sido asimilado por los distintos componentes de los Estados, en nuestro País, se ha tornado casi una quimera. Los elegidos gobernantes cuando llegan al sitial que el pueblo les encomendó-temporalmente- cuidaran y se ocuparan de los asuntos de su administración, olvidan ese mandato y adoptan una clara actitud autócrata para el manejo de la cosa pública. Esforzándose, con el auxilio de ciertos medios afines, en hacer aparecer lo inverosímil como verosímil.
No interesa ya el mandato ordenado por los mandantes, éstos, han pasado a ser esclavos de un grupo que se cree iluminado y puede maniatar a su antojo al grueso de la sociedad, realizando todo tipo de tropelías donde concurren con total desparpajo la corrupción descubierta o encubierta, el manejo discrecional de los fondos públicos, dejando de lado aquella encomienda de control y transparencia que, los representantes del pueblo elegidos democráticamente, tienen la obligación de ejercer. El llamado poder ejecutivo, distorsiona mediante ardides y opresión de una extraña mayoría, el regular ejercicio del Congreso, creando para ello figuras jurídicas que ni por asomo han sido concebidas por la Constitución. (Poderes especiales)
Cambian las reglas de juego a su antojo y beneficio, importando poco los contratos celebrados o a celebrarse por los particulares, haciendo trastabillar a cada paso la seguridad jurídica, y, por tanto, poniendo en polvorosa los pies de los inversores internacionales. Pues parece que se les hubiera olvidado a estos asaltantes del poder el lugar de dónde tendrían que salir los dineros para los faraónicos emprendimientos que enuncian sin rubor (tren bala) y cual es el origen donde provendrán los fondos para la puesta en marcha de las grandes obras de infraestructura que tanto necesita nuestra República. Porque si las cosas no se ponen bajo esta óptica, la máquina a la que nos referimos, el Estado, no funciona, cruje, rechina, fracasa, y alcanza un punto en el que todo estalla en mil pedazos, y luego, el trabajo de recoger los restos, sufrir las desventuras de las crisis, siempre las soporta el publo.
Esta vez el tiro, a la familia presidencial, parece les salió por la culata. Ya se especula o mejor dicho se planea, ante el imparable reclamo del campo, aplicar la ley de abastecimiento, una construcción de la dictadura militar heredera de la ley de agio y especulación con más de 50 años de antiguedad. También y en un renglón más abajo el estado de sitio. Preguntamos ¿y después qué?
La cuestión es hacer verosímil-por parte del Estado-aquello que de permanecer en lo inverosímil podría resultar pavoroso. ¿Sería verosímil, por ejemplo, que quien ha reemplazado en los hechos a las fuerzas de seguridad del Estado-Ciudad Autónoma de Buenos Aires-para aplicar la violencia en cuanto a disuadir a los manifestantes que protestan por las acciones de gobierno, siguiera en libertad o, lo que es lo mismo, en su capacidad de repetir la proeza? Es lo que está ocurriendo en nuestro bendito País, por tanto, podemos afirmar sin equivocarnos que el Estado hizo abandono de sus fuentes, se ha olvidado de donde proviene su fuerza, que no es otra que la legitimidad conferida por el voto y no por una patota corrompida por dinero y promesas de poder que puede trabajar a su antojo protegida por ese mismo poder que, a la postre, ya está vacío de contenido.
Pero lo peor es que la pérdida de libertad se ha hecho verosímil, en cuanto al que ataca o mata a los supuestos enemigos de los K se le da por justificado, solidario e inocente pues ha actuado en salvaguarda de los personajes que componen este Estado muy próximo a la inanición jurídica. De igual modo, resulta inverosímil que estas hordas la emprendan contra pacíficos manifestantes, luego arrasen oficinas e incendien inmuebles con una soltura tan profesional como para llevar guantes que evitan las huellas digitales, mazas para precisar demoliciones y latas de combustible para que no falte el fuego, y lo hagan con la policía a un kilómetro de distancia. Para que luego el Estado a través de sus personeros explique que se trata tan sólo de unos alborotadores, entonces entramos en lo verosímil de un país al que le va la marcha y el alboroto. (piquete obscuro según la Presidenta) Son cosas de esos muchachos-dicen los controladores del Estado, impertérritos-¿acaso podemos esperar de lo descrito algo bueno? Sería inverosímil. A eso se llama poner la realidad en la verosimilitud de una ficción que nos impide hasta el presente, construir un real y verdadero País.