“Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da , crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y solo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando en hombre en soledad, y llega a ser por dentro , y a parecer por fuera, insecto”.
José Martí.

Hace 500 años, Leonardo Da Vinci resolvió un antiguo enigma astronómico: el misterio del brillo de la Tierra. Se puede observar el brillo de la Tierra cuando hay Luna creciente en el horizonte al ponerse el Sol. Hay que buscar entre los cuernos de la creciente una imagen fantasmal de la Luna llena. Eso es el brillo de la Tierra.
Durante miles de años los humanos se han maravillado de la belleza de este “resplandor ceniciento”, o “la Luna vieja en los brazos de la Luna nueva”.
Pero ¿qué era? Nadie lo sabía hasta el siglo XVI cuando Leonardo resolvió el misterio.
Visualizar esto en los años 1500 requería una imaginación poderosa.
Nadie había estado nunca en la Luna y mirado “hacia” la Tierra. La mayoría de la gente ni siquiera sabía que la Tierra orbitaba el Sol.
Por estos días las noticias anuncian que los planetas que componen el sistema solar ya no serán 9 sino 8. Plutón quedaría fuera. Esto es verdaderamente revolucionario.
Si buscásemos con algo de profundidad en pasadas noticias, la ciencia nos sorprendería con varios ejemplos, en el sentido de muchos avances los cuales ha puesto a disposición de la humanidad.
Claro, quizás suene ridículo realizar comparaciones de cuestiones netamente científicas, con el gran cúmulo de necesidades sociales, no resueltas en el ámbito de la ciencia. Pero también debemos analizar, si es en el campo científico, donde las mismas encontrarán los resultados buscados.
Los problemas englobados en la multiplicidad del ámbito social, reúnen quizás características insolubles para la ciencia tradicional. Los mismos requieren la participación de otra ciencia social, esa otra ciencia social, es la política.
La ciencia Política surgió como una forma de pensamiento filosófico que estuvo dentro de otras ciencias y que al transcurrir de las investigaciones le tomaron más importancia y a lo largo del tiempo pasó por diversas etapas y periodos que la fueron fortaleciendo y dando consistencia hasta llegar a ser conocida como una verdadera ciencia autónoma a fines del siglo XIX relacionándose con otras ciencias sociales para una mejor explicación de los fenómenos que estudia.
Nos encontramos con que la Ciencia Política se rige por objetos de estudios como el poder, estado y concepciones intermedias y que cada autor tiene una posición nueva, por lo cual su objeto no es algo enteramente definido, por tanto, su concepto también es variable, pero todos coinciden en que estudia fundamente el ejercicio, distribución y organización del poder en una sociedad.
Por ende, la acción política en la sociedad es fundamental ya que encamina a nuestra sociedad en el proceso de toma de decisiones referente a su desarrollo integral, acentuando el espíritu humanista, progresista y democrático que deberán tomar nuestras acciones.
¿Quién es el ejecutor de los logros y avances que brinda la ciencia política? La respuesta, sin duda, el político. Ese hombre o mujer dedicado por entero y con pasión a un ejercicio permanente y consecuente en aras de servir a los demás.
El político, es un hombre o una mujer, que por lo general tiene una innata capacidad para comprender y entender, de manera especial y abarcativa las circunstancias por la que atraviesa una sociedad, la sociedad en la que precisamente vive ese político.
Sucede, que desde hace mucho tiempo, la mayor energía desplegada por una preocupante mayoría de políticos, es la dedicada a la construcción o aumento de poder.
El poder, ese elemento que junto a la población y el territorio forman lo que desde hace mucho tiempo llamamos Nación. A su vez, éstos elementos son necesarios, para llevar a la práctica planes predeterminados, a ejecutar en esa “nación”, con el objeto de proporcionar los resultados deseados por la mayoría del pueblo que la habita.
Lo que desgraciadamente ha ocurrido, es que en ese camino de armado y construcción del poder, se han utilizado tantas energías, que luego cuando se obtiene el mismo, los políticos deben, en gran parte, seguir con la tarea de sostenimiento, ya que al haber elecciones cada dos años, el verdadero trabajo de estado es muy escaso.
Esta extraña paradoja entre el poder y la política o entre la acción de estado o la lucha por el poder, ha llevado a que por años y años, los pensamientos originados en los clásicos como Aristóteles, sigan teniendo vigencia. Mas aún, parecen renovarse en sí mismos, ante la percepción de tiniebla en ciertas conductas humanas.
Federico Mihura Seeber, decía en Etica y política entre otras cosas:
Hoy estamos en una época de manifiesta depreciación de la política y apología de los derechos individuales frente a las exigencias del Bien Común.
La problemática común parece ser totalmente distinta, ya que se constata una defección ética en los agentes reconocidos del Bien Común -esto es en la clase política- y se propone algún modo de “moralizar” la política. El problema se centra hoy en la necesidad de sanear el ejercicio de la política que se dice haber entrado en un proceso casi necesario de corrupción.
Los esquemas vigentes en aquel caso y en este son sin duda distintos y hasta antitéticos, porque había en aquél una alta concepción de la política y en este una muy depreciada. Pero la problemática genérica es la misma. Todo conduce al problema de ver cómo se “etifica” o “moraliza” la política. En el primer caso se trataba de justificar éticamente, en razón de valores supuestamente superiores -como por ejemplo la “Razón de Estado”
En toda actividad el hombre actúa como sujeto moral, en cada actividad compromete su destino último. Ahora bien, aunque en todas sus actividades el hombre actúa como sujeto moral, en el hombre que ha dedicado su vida a la política (sea como estadista democrático o como rey o como emperador) esta identificación de su actuar con la moralidad tiene un sentido mucho más trascendental, porque como dice Aristóteles, la política es la forma más alta de la moralidad.
El reclamo incesante de un vasto sector del pueblo, dirigido a sus hombres públicos, hacia todos aquellos que están comprometidos en la militancia, en la acción directa o indirecta de la cosa pública, es que sus conductas estén lo más cerca posible de ese ideal moral.
Ese ideal que debe ser intrínseco en toda acción humana, pero sabemos que la realidad nos marca cada tanto una mueca, un esquive con la “ética deseada”.