La enfermedad del poder.

June 22nd, 2008 by Opinorama Leave a reply »

“Shakespeare, que era tan buen filósofo
como poeta, sabía que el amor al poder,
que es otro nombre del amor a la maldad,
era natural al hombre”

Harold Bloom


Nuestra historia nos enseña que, quienes han padecido la enfermedad del poder, nunca encontraron antídoto para tal padecer. Quizás no lo buscaron o si lo hicieron erraron el camino.

El mundo tiene hechos y figuras paradigmáticas. Atila abandonó su destructor camino ante la sola presencia del Papa León I en el año 452 de nuestra era.

Rosas y Urquiza, supieron de las mieles y el oropel de un poder que parecía interminable, uno fue derrotado en Caseros y quien condujo aquella fuerza “internacional” años después fue ultimado por uno de sus enemigos -Lopez Jordán-

Acelerando el tiempo de la única y abrupta forma que nos permite un relato de estas características, podemos nombrar a W.Churchil , que perdió las elecciones en Inglaterra depues de la Segunda Guerra Mundial o del ocaso de Charles De Gaulle, luego de haber sido el adalid de la liberación de Francia. Por tanto, los grandes líderes del mundo, tampoco pudieron retener el poder eternamente ni hacerlo heredar a quienes ellos decidieran-siempre refiriéndonos a países con sólidas bases institucionales-

“manda Roca y punto en boca”. Decía “La Prensa” en 1904 sobre el mandatario y su “Unicato”: “Sin su venia es imposible ser juez, ni diputado, ni senador, ni gobernador. Ha adquirido la mala costumbre de no tolerar obstáculo a su omnipotencia; se ha convencido de que los poderes Legislativo y Judicial no son de la misma jerarquía que el suyo, sino subalternos puestos a su servicio para que sancionen lo que a él le plazca y le rindan pleitesía”. (Cualquier parecido con la Argentina de ahora es mera casualidad).

Dejando de lado las destituciones de presidentes democráticos por las fuerzas armadas, que como mascaron de proa, se asociaron junto a civiles iluminados para quebrar el orden y la razón que debió imperar en la República. Ellas mismas sufrieron su Waterloo en 1982 y han quedado casi como señal despojada del prestigio que durante siglos forjaron por la libertad de nuestra Nación.

Hoy, una vez más, la inconfundible señal patológica y, parece, inevitable enfermedad del poder ha hecho su entrada en el matrimonio presidencial. Su desenlace, es, inevitable. Acabará con la vida política como la de tantos otros que desearon perdurar con un tercer movimiento histórico o un califato interminable. La transversalidad, la Concertación Plural ya fueron. Ahora el ex Presidente se ha hecho nombrar Titular-gracias a la inestimable colaboración de una jueza auxiliar del poder de turno-del Partido Justicialista. Pero han surgido los justicialistas republicanos. Todo ellos ha sido producto del debilitamiento inocultable del otrora intendente de Río Gallegos.

Los acontecimientos de la protesta agraria han desnudado las flaquezas que provoca la enfermedad del poder.

La cadavérica figura de la renuncia de Chacho no ha sido sepultada, yace, patética e imborrable en el imaginario colectivo. Por ello, Julio Cobos, subliminalmente la enarbola casi con fruición. No prepara una jugada similar, por el contrario, lo que está amalgamando es, si se quiere, la “contra Chacho”, a través de una fuerte consolidación de la figura del vicepresidente. En esto todos los analistas coinciden, quien más fortalecido ha salido del conflicto de los 101 días, ha sido el Vicepresidente, un radical que ni siquiera en su apellido-entra la letra “K”-

Por todo ello y a manera de conclusión, a pesar que deseamos la continuidad institucional, será muy difícil el normal tránsito de esta administración pues, la verdadera paz de los espíritus, emergerá de lo que los Kirchner consideran una derrota, y, ello es lo que ocurrirá en el Congreso.

Enrique Serra.-

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