Los K y el teléfono rojo

En octubre de 1962, un U-2 estadounidense fotografió lo que parecían ser bases de misiles en Cuba, a pocos kilómetros de la costa de Florida. Una vez confirmado el dato, Kennedy –presidente entonces– cercó la isla preventivamente y los barcos soviéticos que iban a Cuba volvieron o cambiaron de rumbo. Algunos días después, otro avión espía estadounidense fue derribado por los soviéticos, aumentando considerablemente la tensión. Cuando todo parecía perdido, ocurre el milagro: Kennedy desmantela las bases de misiles nucleares en Turquía y se compromete a no realizar un Bahía de Cochinos II en Cuba, y Kruschev se compromete a hacer lo mismo con las bases soviéticas instaladas en suelo cubano.
Todos ganan, todos contentos: se dan la mano y el mundo respira otra vez. Es más, la cosa salió tan bien que crearon el famoso teléfono rojo, una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para agilizar las cosas cuando la próxima vez alguno se mandara una trastada.
Este episodio se denominó Crisis de los misiles y duró aproximadamente 13 días.
El 11 de marzo de 2008, el gobierno argentino –mediante la resolución 125– dispuso la implementación del sistema de retenciones móviles. Los productores y las entidades agropecuarias, molestos por lo que consideraron un abuso por parte del gobierno, inician una huelga comercial y el bloqueo de rutas (13 de marzo). El gobierno responde amenazando con enviar camioneros a abrir las rutas y, en un discurso el 25 de marzo, la presidenta acusa al campo de querer extorsionarla y de ser “golpista”. El discurso (de una serie ininterrumpida de cinco) cae mal y se escuchan cacerolazos en la Capital y el interior. El gobierno amenaza esta vez con abrir las rutas usando fuerzas de seguridad. El conflicto continúa.
El 1 de abril, el gobierno monta un acto en Plaza de Mayo, cuyo objetivo principal es apoyarse a sí mismo y presentar formalmente un nuevo enemigo: “Clarín” . El conflicto continúa sin resolución hasta el 11, cuando el campo decide dar una tregua de un mes y ambas partes se sientan a dialogar. El mes transcurre de reunión en reunión y se tocan todos los temas habidos y por haber, menos las retenciones.
El 6 de mayo, después de una reunión, las entidades se muestran esperanzadas luego de que el jefe de Gabinete admitiera “errores” en el esquema de retenciones móviles. Fernández, horas después, desmintió haber reconocido nada de nada y, al día siguiente, el campo, indignado, regresa al paro por 15 días. Hasta que el jueves 22 de mayo vuelven a reunirse Fernández y las entidades, esta vez alternando los roles: Fernández da una conferencia de prensa, dando a entender que todo va, esta vez, viento en popa, y las entidades se niegan a salir del ministerio hasta que alguien del gobierno quiera hablar de retenciones.
Y así llegamos hasta el 25 de mayo, donde, cada uno por su cuenta, hace una demostración pública de fuerza: el campo en Rosario y el gobierno en Salta. El lunes siguiente estaba todo listo para volver a empezar el diálogo, pero el gobierno, inexplicablemente, lo canceló y arremetió con el PJ contra los “agoreros” y “golpistas”.
Este episodio se denomina Crisis del agro y lleva ya más de 80 días.
Primero, las diferencias necesarias para salvar las distancias: una tonelada de soja no es una ojiva nuclear, y Kennedy no es Alberto Fernández. Aclarado esto, lo que importa no son las similitudes sino las diferencias: la velocidad, determinación y la búsqueda de un empate político en la crisis de los misiles es formidable (de hecho, a pedido de Kennedy, las condiciones del acuerdo no se dieron a conocer sino seis meses más tarde). Todo un ejemplo de responsabilidad, determinación y, lo más importante, de una lectura de la realidad lúcida que evitó lo que, en opinión de muchos, se perfilaba como la Tercera Guerra Mundial.
En cambio, en nuestra peculiar crisis, lo que al gobierno le falta es lucidez. Emperrado como está en mirar debajo de la cama en busca de golpistas y conspiraciones, deja pasar todas las oportunidades posibles de solucionar el conflicto. Según dicen, la estrategia sería apostar a la división de las entidades rurales (“poner de rodillas”, como define el gobierno off the record y de manera bastante gráfica), a través del desgaste. Al parecer, esta táctica aplicada al manejo de Santa Cruz da resultados excepcionales. A nivel nacional, sin embargo, puede generar un efecto secundario: que el desgaste –si se subestima al oponente– termine siendo propio.
Por ejemplo, la imagen positiva de Cristina registró una caída de 30 puntos desde que asumió y de 20 desde que comenzó la crisis del agro, ubicándose ahora, según Poliarquía, en un magro 26%. Si se recuerda que lleva sólo cinco meses en el poder, es impensable lo que pueda suceder con esa cifra de acá a diciembre, si el conflicto sigue sin solucionarse. La mejor lectura que pudo hacer el gobierno de este dato fue que estaban corriéndolo “con encuestas truchas”, y contraatacó: al día siguiente de los datos difundidos por Poliarquía, el gobierno presentó su propia colección de encuestas, que medían la imagen positiva por encima de los 60 puntos. Cuesta trabajo imaginar a Kennedy diciendo: “¿Bases de misiles? Deben ser cajones con bananas”. En nuestro país, sin embargo, el escapismo es moneda corriente.
Mientras tanto, el gobierno sigue dividiendo al país con tergiversaciones, falsas dicotomías y, a veces, mentiras directas: los chacareros quieren traer de vuelta la dictadura; el que no está con el gobierno es golpista; aquel que encuentra aberrante la metodología de D’Elía quiere que vuelvan los 90; aquel que encuentra sospechosa la fortuna de los Kirchner es un gorila nostálgico de La Fusiladora, etc., etc. Quizás la expresión más delirante y paranoica de todo este “operativo fractura” la dio Jorge Capitanich, gobernador del Chaco, para quien “hay muchos sectores que pretenden postular a Alfredo de Angeli como candidato a presidente en 2011″. Increíble interpretación del acto en el cual detrás, recordemos, se esconde el primer golpe de estado en la historia que puede evitarse reviendo una medida de un ministro que ni siquiera está ya en funciones.
Aparte del diálogo, el otro gran ausente en este conflicto inexplicable es la racionalidad. Resulta increíble que el gobierno se tome el asunto como si peleara para ver a quién le toca la ventana y a quién el pasillo. Causa estupor y preocupación apreciar cómo la única carta estratégica visible que esgrime el gobierno es victimizarse, implorar piedad ante el aullido de las cacerolas del terror blanco. Y podrá seguir jugando este juego hasta que el propio conflicto empiece a pegar donde más le duele: en la caja, que ya está empezando a mermar. A corto plazo, esto puede convertir a las agrupaciones sociales, gobernadores e intendentes oficialistas, tan amigos de la obsecuencia y tan prolíficos delirantes, en las huestes de Atila, con todo lo que eso significa de malo no sólo para el gobierno, sino para todo el mundo.
Volviendo al principio: la comparación entre las dos crisis puede resultar exagerada, pero el punto central radica en la enseñanza que la primera nos deja: de una situación sumamente riesgosa pueden salir bien paradas ambas partes, siempre y cuando el diálogo sea un instrumento fundamental. Y no sólo eso: hasta pueden sentar las bases para un Teléfono Rojo. Nunca es tarde para aprender.