
El país se encuentra en estado de anarquía no declarada. Todo, producto de la brecha, cada día más honda y ancha, que separa al Estado de la sociedad. La advertencia de esta situación convierte en prescindible cualquier análisis de fondo. Basta con observar el desinterés de los ciudadanos por la cosa pública, que en términos institucionales se traduce como República, para comprobar que una fracción de este témpano quebrado sometido a la deriva está ocupado por una mayoría silenciosa, demasiado silenciosa, que ha optado por un individualismo forzado, cuya preocupación excluyente es alejarse cada vez más de la organización del poder.
La otra fracción aloja a quienes disfrutan o pretenden cobijarse en esa plataforma flotante, con la sola pretensión de evitar que se hunda antes de acumular la riqueza suficiente, con el agregado de una garantía de disfrute con impunidad.
C. Wright Mills, en su obra La imaginación sociológica , sostiene que “toda sociedad se forma imágenes de su propio carácter, en particular imágenes y consignas que justifican su sistema de poder y la conducta de los poderosos”.
Ese estado de anarquía no declarada tiene un formidable impulso social que ha terminado por no justificar ese sistema de poder y reprueba la conducta de los poderosos. La sociedad no justifica (y aquí retornamos a Mills) la organización del poder y el ascendiente de los poderosos, llegados o por llegar. Ha tomado la opción de la exclusión compartida pero desorganizada, sin importarle que “al distraer la atención de las cuestiones de poder y de autoridad, se aparta de las realidades estructurales de la sociedad misma”.
Y lo grave de esta actitud es que esa sociedad parece haber encontrado comodidad en la anarquía, en la prescindencia del poder y la autoridad que son los atributos del gobierno de un Estado. Por lo tanto, no nos encontramos con una sociedad en estado de anomia, esa situación de aislamiento, debido a la contradicción con las normas sociales. La sociedad argentina ha optado por el aislamiento como en la extensión de casi toda la Historia lo hizo por la participación.
El Estado es el recipiente de la Nación, definida como la sociedad políticamente organizada. Hoy, esa Nación, cansada y abrumada por los agravios constantes infligidos en el interior de ese recipiente natural, ha tomado la decisión de vaciarlo mediante una evasión, que como tal es incruenta. Ha rechazado y repudiado todo contacto con su actitud a los aprovechadores del recipiente y, con una actitud que podría identificarse como de “relativismo político”, se acovacha, deja libres los espacios de decisión que considera negativos para sus intereses mayores y pone su confianza en el contrasentido de la tiranización que implica la anarquía. Además, no cree en la Justicia y quizás, sin saberlo o conocerlo, repone en escena el concepto enunciado por San Agustín en el siglo V: “Sin Justicia, el gobierno es una banda de ladrones”.
Aquellas expresiones, convertidas en buenos deseos de la Constitución histórica, como expresa el Preámbulo, “nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina”, y el texto articulado “la Nación Argentina adopta para su gobierno la forma republicana representativa federal” o todas las referencias al concepto de Nación impresas en los artículos 4, 9, 13 a 16, 18 a 20, 23, 35, 84, 119 y 124, una vez alejada la Nación de la sociedad por la fractura expuesta a que se ha arriesgado o los acontecimientos la han sometido en una especie de “baja administrativa”, convirtieron los espacios de poder en patrimonio del Estado. Ya nadie podrá alegar en ninguna parte que representa a la Nación Argentina; podrá serlo del Estado de un país despojado de sentimiento nacional, pero nunca de esa entidad superior, que, según Avellaneda, era “la Nación misma”. Y en este cambio está la diferencia.
Pedro Sánchez es periodista.