
Tomás Vidal, redactor. de EDICIÓN i, avisó en mayo pasado, que se había reunido con radicales de la Concertación Plural y todos los intendentes bonaerenses de la UCR pro-Kirchner, los cuales advirtieron que el acuerdo se terminaba si la candidata fuera Cristina de Kirchner.
El diario Ámbito Financiero, días después de esa información dijo; que los gobernadores opinan lo mismo. Solamente Alberto Fernández siguió insistiendo al Presidente que el nepotismo es negocio y una persona sin control territorial ni inserción partidaria podría ser elegida presidente.
Es obvio que, frente al rechazo a tan descarado nepotismo, Kirchner, tal como acostumbra reaccionar, ha instalado a Cristina como la candidata, lo que al final derivará en una derrota aún más ruidosa del santacruceño, que como ha quedado demostrado, no es querido por sus comprovincianos. Es decir, perderá la Nación y lo que es más grave, la Provincia patagónica que lo vio nacer, lo proyectó y le dio cobertura para sus “extraños” negocios.
Lo arriba referido, podría, de alguna forma ser un episodio más dentro de la escalada K, iniciada a raíz de las muertes de Kosteki y Santillan, el 26 de junio del 2002. Aquel desgraciado episodio que puso fin a la vida de dos jóvenes militantes piqueteros, sin duda, aceleró la salida de la Rosada, de quien tiempo antes debió hacerse cargo de las ruinas que había dejado el gobierno de la “alianza”. Eduardo Duhalde.
Luego de tan desdichado, como torpe acontecimiento policial, el caudillo bonaerense no encontró mejor candidato-para una salida institucional de la crisis-que este oscuro pingüino, que al parecer, sin estar previsto, apareció en la escena nacional, en un “combo”, no atisbado inicialmente por su promotorResultado:-Nestor y Cristina-los dos por un mismo precio.
Si los primeros pasos de la pareja santacruceña fueron poco promisorios, el final pinta para un escándolo de proporciones inimaginables.
El reciente acto del pasado 9 de julio en Tucumán, ha servido como palmaria muestra de una verdadera mezcla de humillación y barbarie.
Mediante un deslucido y pago acto de campaña, se mancilló la más cara fecha patria, convirtiendo la ocasión, que debió de ser de recuerdo y respeto por nuestros padres fundadores, en un rapaz acto de barata politiquería.
Como argentino, siento vergüenza que nuestro primer magistrado se transforme cada vez más a menudo en un rustico parlanchín de barricada, defendiendo lo que él y sus saltinbanquis adláteres de turno, estiman como un gran gobierno.
Detallar el cúmulo de lastres que nos dejará esta turbada administración nacional, sería, reiterar artículos ya emitidos por este sitio. A esto, la novedad por muchos conocida, es la poco disimulada veta hereditaria que tratan de imponerle al poder. Dejando de lado descaradamente los pasos que debería seguir una verdadera República.
Recordamos como final del presente, parte de un interesante artículo escrito hace ya 33 años por Jorge L. García Venturini
La participación de todos en la cosa pública fue denominada democracia (aunque como forma de gobierno el nombre correcto era república), y como tal se enfrentaba a la participación de sólo unos pocos, lo que se denominaba aristocracia y, también, oligarquía, términos éstos que se usan indistintamente, lo cual tampoco es correcto. La democracia –en el lenguaje ligero y convencional– suele resultar así lo contrario de la aristocracia. Pero esto reclama una mayor atención, pues detrás de una falsificación semántica se esconde siempre una falsificación conceptual y entran en juego principios fundamentales.
Si por aristocracia entendiéramos una clase social que por su linaje está investida de numerosos privilegios, entre ellos el de gobernar, siendo estos privilegios hereditarios e inalterables cualquiera sean los verdaderos valores éticos o la efectiva capacidad para hacerlo, es cierto que la democracia (y la república) constituyen lo contrario de aquel sistema. Y en buena hora. Pero resulta que aristocracia significa también y fundamentalmente el “gobierno de los mejores” (aristos es, en griego, el mejor), y en tal sentido democracia no tenía por qué oponerse a aristocracia, al menos que se deseara algo que no debería desearse, esto es, el gobierno de los peores. Sin embargo, la incuria del lenguaje, que nos hace decir a veces lo que no queremos decir, nos ha llevado con mucha frecuencia a asociar aristocracia con oligarquía, que no es el gobierno de los mejores sino de unos pocos.
Y como el lenguaje nos condiciona y aun nos determina –como dirían los estructuralistas, “yo no hablo, soy hablado”– en no pocas conciencias democracia pasó a significar o a implicar la mediocridad, la medianía (la llamada mediocracia), o directamente la posibilidad de acceso al poder de los menos aptos, de los inferiores, aun de los incapaces y de los peores. Hay casos en que ya no se trata de aristocracia ni de democracia sino abiertamente de kakistocracia(1).
(1) Kakistoi= los peores. Es decir entonces, “gobierno de los peores”. Pensamos que sería ilustrativo la divulgación de este vocablo, dadas las circunstancias que atravesamos.