Interminable soberbia presidencial.
02/07/2008

La expresión, maestro ciruela que viene muy bien para etiquetar pedantes, nada nos informa acerca del maestro ciruela, salvo que “quiere enseñar y no tiene escuela”. En realidad, la frase original no guarda ninguna relación con el ciruelo. Se refiere al pueblo de Siruela, una localidad de Extremadura (España), situada a unos doscientos kilómetros de la ciudad de Badajoz. Ninguno de los trescientos mil siruelenses que hoy la habitan sabe algo acerca de las tribulaciones del personaje. Si fue la falta de edificio escolar o un conflicto docente ocurrido hace siglos lo que lo dejó pegado al dicho. Lo cierto es que el maestro Ciruela -como se lo llamó después- ha quedado como el prototipo del sabelotodo que no sabe nada. Como el inmerecido portador de un apelativo frutal. Como un fantasma extremeño que anda por el mundo tiza en mano a la busca de un lugar con pizarrón.
EDITORIAL
Maestrita
Que se use la cadena nacional de radio y televisión para anuncios capitales en la vida nacional, es lógico. Que la usen, como estamos resignados, para la demagogia política, ya es menos bueno. Pero que se sirvan de ella por quinta vez en un mes para propalar la insufrible pedantería intelectualoide de la presidenta vicaria, ya parece intolerable. Concedido que la actividad oficial es “estresante”, y en todas las latitudes los mandatarios usan para descansar este tipo de conferencias, como la que se desarrollaba ayer en Tucumán. Pero, de allí a imponerles a sus huéspedes la dialéctica presidencial, hay un exceso de contrabando.
La presidenta filtró entre los invitados ciertas nociones erróneas, aprendidas en sus lecturas de los folletos del Centro Editor y del diario “La Opinión” . Dijo, por ejemplo, que cuando la Argentina era granero del mundo, la gente aquí se moría de hambre. ¿Será por eso que venían los emigrantes europeos a raudales, en una proporción mayor de los que iban a Estados Unidos? Dijo también que el alza mundial de los precios agrícolas se debe a la “timba internacional”, confirmando, así, lo que dicen los ruralistas: que no conoce el funcionamiento de los mercados globales.
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