
El 24 de marzo de 1976 a pedido
Han pasado varias décadas en América Latina desde que una praxis y un pensamiento liberadores se fueron articulando en ámbitos diversos de la reflexión y de la acción. Logros y fracasos, represión y democracia, aparente surgimiento con poder de las clases populares, atisbos de mayor justicia y decepciones de gran magnitud se han alternado a lo largo y a lo ancho del subcontinente. ¿Qué podemos decir hoy de esas búsquedas de esos esfuerzos, de esas luchas quienes fuimos testigos, actores, combatientes, o simples mundanos con grandes pinceladas de cobardía en procesos orientados a la construcción de un nuevo poder por parte de quienes se creían señalados con una confianza desmedida de sus capacidades o dones personales? ¿Qué interrogantes podemos plantear a la reflexión filosófica? ¿Qué balance podemos ofrecer ante este pensamiento? Este prolegómeno se enlaza con una especial fecha que en un mes tendremos muy en cuenta. Por todo lo que han significado estos pasados años, por el cúmulo de odios y rencores aún hoy desplegados y que tanto daño le hicieron a nuestra sociedad, es que nos imponemos algunas reflexiones como testigos directos de los hechos acaecidos y sus doloridas consecuencias.
Si bien el golpe del 24 de marzo de 1976 simboliza el inicio de una época desgraciada y funesta para nuestro país, hay que reconocer que desde hacía mucho tiempo antes existía una feroz resistencia, equivocada en su metodología, contra un régimen que trataba de imponernos un sistema propio de dominación para Argentina y el Subcontinente. Para ello traemos al recuerdo un pequeño artículo del desaparecido diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, al cumplir el número 1.000:
“No hay que celebrar. Esta es la edición 1000 de La Opinión y en este espacio se había programado una nota escrita por Mariano Grondona que suprimimos para hacer un balance del día. Los terroristas de la ultraizquierda saludaban el día con un centenar de bombas, un hombre murió despedazado. Un policía que intentó desarmar una bomba perdió los dos ojos, las piernas y un brazo. El Escuadrón de la Muerte, de la derecha, asesinó al ex gobernador de Córdoba- Atilio López. Quizás, lo único que se pueda celebrar es haber vivido un día más”.
“La Opinión, 17 de setiembre de 1974.”

Atentados de la guerrilla
Ese golpe fue preparado con anticipación por las fuerzas armadas. Estas dispusieron que cada fuerza, la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea compusieran el futuro gobierno con igual participación. Desde dos días antes realizaban movimientos de fuerzas con la excusa de combatir la subversión ocupando lugares estratégicos. El 24 de marzo a la madrugada detuvieron a la presidente. Se realizaron arrestos a dirigentes políticos, sindicales, gremiales y estudiantes imponiéndose por la fuerza y el terror.
Los tres comandantes en jefe, Emilio Massera, Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti se hacen cargo del poder, se inicia así el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”.
Han pasado más treinta años, en sus inicios nos asolaron los Montoneros, el ERP, la FAP, y otras organizaciones subversivas armadas, así como los grupos de tareas del terrorismo de estado, la triple A de López Rega y la despiadada política económica instaurada por Martínez de Hoz.
Han pasado treinta años, desde que un helicóptero de la fuerza aérea, partió de la terraza de la Casa Rosada, llevando a bordo a una atribulada mujer que confundía miedo con alivio, hastío con horror, soledad con angustia o quizás nada con nada.
Han pasado treinta años desde entonces, y no debemos olvidar que vastos sectores de la civilidad pedían a gritos en las vísperas del 24 de marzo de 1976, “que vuelvan las botas”, “que saquen a esa ignorante” por no cargar tintas con el frondoso pilar de epítetos que calificaban por entonces a la que por defección o falta de coraje de un sector político, le tocó ocupar la primera magistratura de nuestro país al morir el viejo caudillo y fundador del movimiento peronista.
Han pasado treinta años en los cuales muchos que hemos doblado la edad en ese lapso. Nos tocó ver caer bajo balas asesinas de uno y otro lado, a hermanos argentinos con ilusión, a jóvenes con ideales, con compromiso, con militancia, y también con abnegación en el cumplimiento del deber que les había encomendado la institución armada de la República a la que pertenecían y defendieron con valentía y honor.

Bajas del ejercito
Han pasado treinta años, durante los cuales participamos como ganadores eufóricos de dos mundiales de fútbol, de una guerra absurda con causa justa que perdimos contra la OTAN, y de otra previa contra Chile que zafamos por mediación papal. En las dos-salvo una escasa minoría- nos abrazamos convencidos de los derechos que aún hoy-al menos en Malvinas- nos asisten. Recordamos con dolor, vergüenza ajena y estupor el trato que tuvieron los soldados conscriptos derrotados el 14 de junio de 1982 en las Islas, los cuales fueron recibidos por la puerta de servicio y hoy los mismos ya angustiados por el dolor y cansancio, a los sobrevivientes, a los que se salvaron del suicidio, las autoridades de turno pretenden redimir con dinero, cuando oportunamente no fueron capaces de consagrarlos con honor.
Han pasado treinta años, donde envejecieron los cuerpos y mentes de terroristas, de militares asesinos y cobardes, de usureros que se escondieron muy lejos del verdadero teatro de operaciones de una lucha fratricida, apareciendo hoy como víctimas y en algunos casos al frente del poder de turno, cuando quizás los mismos ni siquiera sintieron el olor a pólvora, o cuando mucho peor formaron parte de los cabecillas y delatores cómplices que mandaron al matadero a un buen trozo de una generación.
Han pasado treinta años, y esta, nuestra Argentina castigada y mutilada por cipayos, traidores, ineptos, corruptos, pusilánimes o timoratos que ocuparon el poder, no supieron al menos recuperar parte de los 143 años desperdiciados en gran medida desde que asomamos al mundo como país organizado bajo una Constitución. A la misma, la han pisoteado, ultrajado, bajo el disfraz de reformas cuya única intención fue perpetuar en el poder a los aprendices de iluminados.
Han pasado treinta años, durante los cuales una parte de los nacidos en esta tierra, hemos aprendido que debemos amar mucho más a nuestro país, que nos debemos involucrar en la política aunque perdamos, que es una obligación ser más solidarios, que no hay mejor fortaleza que la surgida de la familia, y por tanto, ofrecer ese concepto solidificado por generaciones, a quienes piensen que podemos ser útiles. Hay que enterrar para siempre “el no te metas”, para dar vida al “jugáte y acompáñame”, ya que juntos somos más, como dice la canción.

Las madres y su lucha
Han pasado treinta años, y ¿Cuál es el balance de un esfuerzo que quizás no hicimos? En el actual contexto de bifurcación sistémica, de caos más que de crisis civilizadora, de una impotencia y desesperanza creciente de sectores, ¿Dónde quedó aquella idea de la liberación? ¿De qué manera la ética liberadora, ética material crítica y procedimental a la vez, puede abrirse paso frente a una lógica imperial dominante más pre que posmoderna, llamada globalización?¿Cuál puede ser nuestra contribución en el futuro?
Una reflexión, un debido debate y una conmemoración se unirán en la jornada del 24 de marzo, que nos conmina a apoyarnos en estos 30 años para retomar un nuevo impulso en la búsqueda tenaz de un mejor sistema y de pequeños logros cotidianos que favorezcan la vida, la reciprocidad, la justicia, no olvidando los horrores cometidos de uno y otro lado, sí, aportando un trozo de la línea para construir un mejor horizonte y no un constante volcar la mirada en el oscuro pasado.
Insistiendo en que esa gran cuota de argentinos expectantes formemos parte de la nueva cita con la historia. Convencidos que no estamos obligados a olvidar, pero si los creyentes a perdonar y perdonarnos, mientras que agnósticos y ateos deben saber y entender que el odio no debe ser un dogma como tampoco la venganza un instituto de acción permanente.
Unidos bajo una misma bandera, la nuestra, aunque con distintos ideales, coincidiendo en que el bien común no es una frase hecha al descuido, sino, que forma parte indisoluble de todos los proyectos que pretendamos llevar adelante por la senda del triunfo.