
Ni Néstor ni Cristina Kirchner tienen la culpa de que los argentinos sepan decir en cada esquina qué cosas les disgustan de este gobierno, pero no sepan decir quién quisieran que las corrigiese. Si debe hacerse reos de esta cívica inepcia a todos nosotros en conjunto, o sólo a quienes dicen ser dirigentes opositores al gobierno –a quienes cualquiera confundiría, dada su atomización absurda, con sus mejores aliados– es cosa imposible de dirimir aquí.
Ni Néstor ni Cristina Kirchner tienen la culpa de que este gobierno, con todas sus lacras a cuestas, pertenezca empero al mundo de los entes reales, mientras que la oposición, con sus cacareos livianos como el éter sobre principios republicanos y hegemonías malditas, respire beatitud –una beatitud bien beata– y viva convencida de que ser oposición es quejarse todos los días de quienes mandan.
En otras palabras, el modo implacable y mendaz con que el kirchnerismo hace su política no es culpable del modo sonambúlico con que la oposición no hace ninguna.
Para ser paradójicos en todo, al dudoso honor de tener un gobierno salpicado de escándalos, los argentinos hemos añadido el de que no hagan mella éstos en sus responsables. Con la cuarta parte de los errores cometidos desde el poder en los últimos cuatro años, elencos históricos infinitamente más capaces han rodado por el suelo aquí y en el extranjero. Y, sin embargo, el kirchnerismo, que no debería poder ganar una elección en años, está a un tris de ganar las próximas…

Oposición no es un sistema de gemidos televisivos y gesticulaciones de opereta. Oposición es un proyecto de poder coherente y cohesivo que busca –aunque por delicadeza jamás lo confiese en ningún lado– desalojar del gobierno a un grupo de gente y reemplazarlo por el propio.
Quien crea ver en ello una concepción nefanda de lo que es hacer política se merece la oposición con que hoy cuenta la República Argentina. Los problemas que ésta enfrenta no se solucionarán recitando libros sabios, sino obteniendo el poder primero, y sabiendo qué hacer con él después. Pero, para ello se requiere, antes que nada, saber cómo obtenerlo. La oposición, hasta hoy, sólo ha sabido cómo envidiarlo.
Editorial de la Nueva Provincia.