
La belicosidad oficial ha ido disminuyendo lentamente en la medida en que el titular del ejecutivo local descubre que sus aliados dentro del Municipio no son tantos como los que preveía antes del inicio de su gestión. Los últimos actos de gobierno denotan un languidecimiento en su euforia inicial. Cuando la confusísima realidad donde el intendente y sus colaboradores se han visto obligados a aceptar; signada entre otros acontecimientos, por los desarrollados en Tránsito y Transporte, más ciertas y extrañas designaciones políticas, muestra que se ha desdibujado la necia imaginería maniquea del bien contra el mal que había estado manteniéndose en nombre de innegociables principios. Asistimos a una muestra casi patética de estas marchas y contramarchas, junto a lo que es casi suicida, ceder ante las presiones.
Comienza un retroceso perceptible de la pretendida escalada de transparencia, no se abre paso el dialogo, sino, “el arreglo de gobernabilidad”. Se convierte la virtualidad en realidad. Las fantasías elaboradas y expuestas durante años a través de medulosa retórica, caen como la pluma que acompaña a la bolita de plomo en el tubo de ensayo al vacío. Pues hay pocas redes de contención y más bien prima, efectivamente, el vacío. La política puede maleabilizarse como un arco en pos de objetivos, cuando ella en lugar de fintas realiza descontrolados saltos acrobáticos, deja de ser política a la vez que convierte a los principales actores, inicialmente activos, en títeres de la circunstancia.
La tolerancia, el intento permanente de dialogo no pueden confundirse con la cobardía. Los actos de la Administración pública, especialmente los provenientes de la más alta jerarquía, deben estar pertrechados antes de su ejecución con el máximo de garantía que allanen el camino a la eficacia. Lo contrario, es la debilidad. Rectificarse ante el primer escollo no demuestra inteligencia, sino improvisación. Concretamente, el órgano ejecutivo debe manifestarse ante la sociedad, exhibiendo la mayor fortaleza.
Nuestra histórica concepción presidencialista, en materia constitucional, se traslada al resto de los estamentos gubernativos. Hoy, tenemos en todos ellos, ausencia de una real fortaleza. Asoman muestras dubitativas que enturbian las acciones de gobierno. La presidenta no ejerce en plenitud su cargo. Parece que tal situación ha ganado credibilidad en el imaginario colectivo social. La realidad, en cuanto a la conducción del país, nos indica que la misma se ejerce desde Puerto Madero. El Gobernador ya no puede ante la cruda y diaria problemática bonaerense compuesta por la inseguridad, la crisis de la salud,-entre otra multiplicidad de facetas- hacer escuchar su cassette como único elemento de solución. El Intendente, parece ir lentamente dejando jirones de su inicial fuerza jerárquica, al menos es lo que se percibe tras los recientes acontecimientos, esto, sin haber cumplido 90 días de gestión.
¿Cuál es el motivo de estas cuasi frustraciones en el manejo de la Administración pública? La realidad no tiene punto de comparación con la imaginación o la fábula. La primera es impiadosa y da rápida cuenta de todos aquellos que la ignoran. La imaginación se licua rápidamente al no ser acompañada por actos concretos.
De persistir tales conductas, lamentablemente quienes pagaremos el fruto de tanta improvisación y en algunos casos, desmedida apetencia de réditos económicos, seremos como de costumbre los ciudadanos comunes. Los que no tenemos el “poder” ni hemos nunca soñado en alcanzarlo. Los que así lo hicieron, debieron, al menos haber hecho mínimos cálculos de que un día despertarían con la cruda e incontratable realidad de los hechos. Esos hechos ya no podrán ser ocultados por la prensa “adicta”, ella, como el dinero, huyen ante el primer impacto del poder de la realidad.
Enrique Serra.-