
Esopo fue un esclavo, y viajó mucho con su amo, el filósofo Janto, tal y como se puede ver en la historia de su vida. Sin duda, lo más popularmente conocido fueron sus fábulas, y dentro de las mismas, EL PASTOR Y EL LOBO
Un pastor estaba guardando su rebaño no lejos del pueblo, y pensó que sería divertido asustar a los vecinos diciendo que los lobos atacaban al rebaño. En consecuencia, empezó a gritar: “¡Que viene el lobo! ¡El lobo!”, y cuando llegaron a toda prisa los vecinos, él se rió de sus temores. Repitió la broma varias veces, y los campesinos una y otra vez vieron que habían acudido a la carrera inútilmente. No obstante, un día, vino el lobo realmente y el pastor gritó: “¡Que viene el lobo! ¡El lobo!”, lo más fuerte que pudo. La gente del pueblo estaba ya tan acostumbrada a oírlo que nadie le hizo caso ni corrió en su ayuda. Y el lobo, sin encontrar resistencia, pudo comerse todas las ovejas.
Moraleja:
A un mentiroso no lo cree nadie ni cuando dice la verdad.
Las últimas advertencias del Presidente en el sentido que ignotas fuerzas quieren destruirlo, y pese a tal circunstancia, comunica al pueblo, que él no tiene preparado el helicóptero para huir como el ex Presidente Fernando De La Rúa
nos ha llevado a repensar la fábula del genial escritor oriundo de Frigia.
Es variada la gama de respuestas que podríamos expresar al Sr. Presidente ante tanto dislate verbal. Ante el cúmulo de hechos que acaecen casi sin solución de continuidad. Sr. Presidente: el lobo ya vino, por tanto no hace falta que nos amenace con su llegada.
El lobo vino con la corrupción; por ejemplo, el famoso y sonado caso Skanska “Hoy la corrupción está institucionalizada: existe una ley nacional que obliga a los argentinos a pagar un sobrecosto en la facturas de energía para solventar obras de infraestructura. Y es el Ministerio de Planificación quien no solo define los niveles y el destino de esos cargos, sino que también es responsable de su control”
El lobo vino con la inflación, con el desmantelamiento del INDEC, con el aumento de la pobreza, con faraónicos anuncios de trenes balas, cuando miles de habitantes de esta República viajan en un signo de interrogación que circula sobre rieles vetustos, carentes de una mínima cuota de seguridad-mal llamados ferrocarriles-, y finalmente cuando los sufrientes cuasi pasajeros se hartan, destrozan una estación.
El lobo ya vino, cuando vemos las enormes ventajas que se les proporciona a los amigos y la desprotección en la que quedan los que no piensan en “pingüino”.
El lobo ya está entre nosotros, y pretende engullirnos en una ambiciosa vorágine de irrefrenable absolutísimo.
Por todo ello, nuestra salvación del lobo del hombre, aquella teoría creada por Hobbes
que inmediatamente después de hacer esta afirmación determinista sobre la naturaleza humana señala, que los animales en cambio “no saben distinguir entre el bien público y el bien privado” y por lo tanto no se dan cuenta que cuando persiguen su bienestar individual, están a su vez procurando el bienestar común.
Esta afirmación nos llevaría a deducir que los hombres que “no distinguen” entre su bienestar particular y el bienestar público se asemejarían a los animales, lo cual se basa en la justificación bíblica de que es a partir de ingerir el fruto de la sabiduría que el hombre empieza a distinguir el bien del mal y que además tiende a elegir el mal, es decir, el bien individual sin importarle en absoluto el bien público.
Aquella teoría fue ampliamente superada por todos los hombres del mundo. Hoy el hombre,argentino, sabe perfectamente distinguir entre el bien y el mal, y fundamentalmente entre quienes provocan los males y a su vez impiden los bienes. Sabe adecuadamente que es lo que sucede, y se debate entre la supervivencia personal y el futuro de nuestra Nación. Que al decir de Ortega y Gasset, la Nación es un proyecto sugestivo de vida en común. Todo lo contrario al camino elegido por los actuales gobernantes. Enfrascados en demonizar a la oposición ya sea política o de cualquier naturaleza, cuando en realidad la historia nos enseña que el éxito de los pueblos se cimenta en los acuerdos perdurables, en la tolerancia, teniendo presente que toda verdad es siempre relativa y que quienes se estancan con la mirada puesta en el pasado, caen al precipicio de los desencuentros.