
La necesaria tarea comunicativa del tejido social reside-entre otras formas- en poder alterar las agendas y los marcos discursivos de los medios; es decir, los temas y los enfoques del discurso mediático. Esto ayudaría a cuestionar consensos, algo extraños, producto de algunas “borocotizaciones” y especialmente a movilizar a la opinión pública.
Conviene distinguir entre los conceptos de hecho noticioso y noticia.
Durante el día ocurren infinidad de hechos que no son noticia por no ser considerados tales, por presupuestos ideológicos, culturales, intereses materiales concretos o simplemente porque escapan a la capacidad informativa.
El hecho noticioso es aquello que ocurre, luego la agenda lo establece como noticia, como relato. La noticia es la disposición discursiva del hecho. La noticia , por lo tanto es un discurso, importante, pero una mas, que se entrmezcala en el discuro social.
El impacto de tal situación podría traducirse en: captación de nuevos miembros y recursos, presión a la clase política para que cambie ese viejo estilo comunicativo “mass media” y una mas amplia, democrática y abierta tarea de ciertos medios que, por lo observado y escuchado, sienten el rigor de esa sutil presión que ejerce últimamente el estado.
La comunicación mediática, por tanto, tiene importantes consecuencias para las organizaciones sociales y para su papel político.
La realidad muestra un plano totalmente distinto en lo que hace la relación de los ciudadanos entre si y con el estado, que la realmente reflejada por los medios informativos. Los periódicos tradicionales ofrecieron durante mucho tiempo un bien escaso: la información. Esos medios fueron la arteria que abastecía de noticias, información sobre hechos, opiniones y todo aquello que la sociedad advierte casi como imprescindible cuando le falta.
Los medios han ejercido tradicionalmente de mediadores entre los hechos y su público. En esa mediación poner al alcance del público una realidad desconocida implica necesariamente contextualizar lo que se cuenta, porque esas personas pueden no tener ningún conocimiento previo de aquello que se relata. La evolución del estilo periodístico se debe a éstas y otras consideraciones, no siempre estilísticas.
Hoy, distintos profesionales incursionan con especial subjetividad informativa, lo que dicho en otras palabras, significa enrolarse muy sutilmente o a veces de forma abierta, en tal o cual posición política o social.
¿Está bien o mal ese tipo de acción? Pensamos que el respeto a la libertad es un principio básico en la relaciones humanas, por ello a pesar de las sospechas que despiertan las opiniones de diferentes profesionales de la comunicación, traducidas en algunos de sus comentarios editoriales, que, en algunos de los más veteranos, puede advertirse una mutación tan profunda, que al menos resulta sospechosa, debemos aplaudirlas pues integran ese necesario “todo” que no debe faltar en una sociedad que aspira a una efectiva “pluralidad”
También la interpretación que se le da a ciertas medidas y hechos protagonizados por los distintos actores del Estado. Que nos indica hasta la fecha, que un número llamativo de medios, no potencia esa necesaria cuota de objetividad en el análisis y sí prioriza la basculización sociopolítica en función del poder instalado en la rosada.
En 1845 se inventó un artefacto que acabaría con la narración periodística tradicional, en la que primaba el relato a los hechos. El telégrafo supuso una revolución en las comunicaciones. Los periodistas podían enviar sus crónicas desde cualquier parte del mundo de manera casi inmediata pero también tenía restricciones. Era caro y, a menudo, había que compartirlo con otros reporteros, por lo que se disponía poco tiempo para informar. Así se inventó la pirámide invertida, que establece que las preguntas más relevantes, el quién, el qué, el cuándo, el cómo y el porqué de la noticia, debían ir al principio.
A veces los titulares de los diarios y revistas, distan llamativamente del contenido de las notas. En otras no son los hechos los que dominan la información, sino el impacto de sensación y las consecuencias del mismo donde se pone énfasis editorial. Es cierto que el periodismo no escapa a una realidad comercial, y los propietarios de las grandes editoriales y multimedios les debería importar por sobre todo, el poder de facturación de sus productos.
Lo anterior es comprensible y hasta aceptable, vivimos en un sistema capitalista y estas son las reglas de juego. Sucede que desde la ubicación en la que se han instalado ciertos personajes de la comunicación, solemos advertir mas que un mensaje, una actitud pontificadora desde esos “púlpitos” de prensa, como si el manto sagrado de la verdad, pasara exclusivamente por la puerta de sus domicilios. Quizás, a mi criterio, pienso que equivocaron de profesión, ya que en lugar de trabajar como periodistas, deberían hacerlo como políticos.
Es decir, que sería interesante se integrasen a un partido político o que construyesen el propio y de esa forma podrían llevar a la práctica esas maravillosas ideas que a través de sus páginas en papel o electrónicas, (con el resultado puesto) exponen con gracejo y hasta con cierta ironía, a una opinión pública que no es una tribuna futbolera que siempre aplaudirá una “rabona”, sino que lo que espera es el gol que nuca llega.
La moral mediática -que no es ni siquiera la de sus hombres y mujeres, los periodistas, sino la de sus amos, los empresarios- pareciera responder a criterios fundamentados en las globalizadas determinaciones de la administración política utilitaria y economicista, lo que han hecho y lo seguirán haciendo, por sobre la natural y obvia responsabilidad social que deberían tener como medio de comunicación ya sea grande, mediano o pequeño.
La tarea de acumular capital, por tanto, requiere la discrecionalidad que bien pudiera aceptársele a estos medios en su carácter no discutible de empresas privadas.
Se advierte en cambio que, en oportunidades, es usada en términos de presión política que, como ha dicho un gran maestro del género, el español José María Desantes Guanter, establece a la actividad informativa como potestad especial de instancias privadas (en la vertiente jurídica, estas instancias pueden ser supraindividuales o no), para “garantizar que se ejecute de manera libre”.
Pero de ninguna manera como arietes de presión, hacia el estado o al servicio de éste, para cuestiones que nada tienen que ver con la especial misión de informar.
Podemos concluir, que la tarea periodística dentro de una sociedad, es imprescindible. Lo que no podemos dejar de hacer es reflexionar sobre cierto estilo que últimamente se despliega, ya sea local o nacional, y sobre las particularidades de una actividad que mucho de sus titulares confunden, ya sea de manera accidental o ex profeso.