
Cuando algunas especiales circunstancias de vida hacen que naturalmente se agudice nuestra sensibilidad, descubrimos con mayor intensidad cuales son aquellas necesidades insatisfechas. Descartando el alimento, que como producto animal del universo que somos, nos es imprescindible para nuestra vida. Existen otros que percibimos con mayor agudeza, esa que vamos adquiriendo en la misma medida, que esos deseos están más lejanos.
Nuestros precedentes sociales, llevaban insitos, deseos de libertad, educación, y posibilidades de realizarnos plenamente como nación poderosa e independiente.
Nuestra sociedad y nuestra cultura se presentan en el contexto informativo y tecnológico propio de esta década, como un lugar y un tiempo en el que el respeto a las minorías, que sería un claro indicador de una sociedad democrática, no está garantizado, y en el que el cultivo de la autonomía de cada uno de nosotros y de nuestras capacidades de autodeterminación y liberación no está suficientemente atendido, ni en el ámbito de la política, ni en la educación formal ni en el de la educación no formal e informal.
El sistema socio-cultural en que vivimos nos ofrece, a cada uno de nosotros, más situaciones de desarmonía entre nuestras expectativas y posibilidades que años atrás. Se han acentuado las asimetrías en posibilidades de acceso a la educación y el Estado ha demostrado cada vez más profundamente su impotencia para corregir un problema-ahora estructural- con el que no es posible seguir conviviendo. Salvo que lo aceptemos cobardemente, con el consiguiente nivel de riesgo que ello puede suponer a nivel afectivo, laboral, familiar y, en definitiva, en el logro de los niveles deseados de autoestima y seguridad personal.
Los medios de comunicación masivos, la propaganda de todo tipo y la publicidad en especial, producen efectos de clara homogeneización cultural y expresiva, y una uniformización de actitudes ante fenómenos como el consumo, la competitividad y la sacralización de lo productivo y de la eficacia por la eficacia en sí misma, que dificultan seriamente la promoción de lo singular, de la diferencia, de lo minoritario y de nuevas formas de concebir el mundo. A veces tal promoción directa o sublimizar que se propaga por los medios, parece estar dirigida exclusivamente a un sector de la población que tiene suficiente capacidad de consumo. Para el resto-la inexistencia-
Se enfatiza en exceso la importancia de la democratización de la cultura y no se atiende, con igual energía, la voluntad constructiva democrática de la cultura. Se insiste en la conveniencia del respeto al equilibrio ecológico y sistémico de nuestro país, pero no se actúa con suficiente coherencia con lo que se predica.-Casi podríamos afirmar que ciertos lugares de nuestra región continental y en nuestro propio suelo, en aras de un mayor desarrollo económico, se desea lleguen industrias sucias-
Se afirma y constata la realidad multicultural de nuestro momento histórico, pero las realidades socio-laborales y la defensa de las culturas y de los territorios que nos son propios no se imponen, por el contrario hay evidente defección y ausencia social y estatal, en la verdadera defensa del patrimonio real y potencial de nuestro país. Tales hechos dificultan la convivencia, la tolerancia y el respeto entre nosotros mismos.
En síntesis, la democracia, tanto en su dimensión política e institucional como en sus manifestaciones comunitarias de carácter interpersonal, no ha alcanzado los niveles de suficiencia que en ella se depositaron cuando renació en 1983. Sin embargo, y a pesar de ello, su legitimidad y necesidad hacen que la democracia actual, en culturas como la nuestra, sea un estado inicial de indudable valor para el progreso en el logro de objetivos largamente planteados. Esperemos que las próximas décadas, sean propicias en la conformación de cuadros políticos, para que estos sueños tan lejanos de hoy puedan convertirse en realidad.
Reír es lo propio del hombre, escribió Rabelais. El hombre es el único animal que ríe, sostenía Aristóteles. El humor, la risa, constituyen una de esas formas significantes que surcan cotidianamente la vida del hombre para “asaltarlo y solicitarle por doquier”, como afirma Greimas.
El Diccionario de la Real Academia define humor como “jovialidad, agudeza“. La jovialidad como “alegría y apacibilidad de genio“; y agudeza como “perspicacia o viveza de ingenio“. A su vez, perspicacia es “penetración de ingenio o entendimiento“; ingenio, “facultad para discurrir o inventar con prontitud y facilidad“.
La alegría de vivir, la alegría de compartir con otros la propia existencia ha de ser potenciada, incrementada y enriquecida con la ejemplaridad del educador. Esta constituye uno de los elementos esenciales de su personalidad educativa: la encarnación ele ¡os valores que, con su ejemplo, presenta al educando de manera experiencial y viva. A mi juicio, el valor de los valores o el denominador común de todos ellos es, sin duda, la alegría
¿Cómo, cuándo y dónde podremos encontrar esa alegría perdida? Nuestro pueblo ha sido desde siempre un pueblo con deseos de libertad y progreso. No dudamos que muchos de nuestros compatriotas tienen naturalmente, agudeza, ingenio y son altamente perspicaces, pero también llevamos adentro, ganas de vivir felizes. Hoy para esa gran mayoría silenciosa, se ha vuelto casi una quimera.