
Imaginemos un vehículo que marcha delante de nosotros, haciéndolo sobre un gran lodazal o desplazándose en el blanco e infinito manto de nieve con mezcla de hielo, transitando en ambos casos, con gran dificultad y solamente puede seguir adelante, en base a certeras maniobras de su conductor, las que por lo visto, está dotado de gran destreza. Tales acciones sirven para no quedar atrapado en la dificultad del piso antes descrito.
Haciendo uso del abstracto, también supongamos que ese difícil y arduo tránsito de quien va delante, no deja ninguna huella. Con toda seguridad, a poco de andar, nuestro vehículo no tendrá la necesaria referencia y sin duda, nos será imposible continuar la marcha, pues quedaremos atrapados en un zanjón que no vimos, o una traicionera piedra se incrustará en el tren delantero, o lisa y llanamente terminaremos encajados en una parte de la geografía antes señalada e imposible de sortear.
Esto ocurre con aquellos hombres que pasan por la vida sin haber dejado ninguna huella, ninguna señal de tránsito por nuestro sitio temporal de existencia. Son los que por no jugarse, por no equivocarse, por cobardía o excesos de ambición, subsisten en un punto fijo, hasta que la muerte los atrapa debido a sus propios y contínuos yerros.
Las características del diestro conductor que señalamos en el primer párrafo, no son comunes a todos los hombres, no es condición humana indispensable que todos deban tener, pero existen los elegidos, aquellos que la naturaleza los dotó de especiales condiciones, no ya para guiar un vehículo en difícil terreno, sino para orientar y dirigir a sus conciudadanos hacia un destino de grandeza.
José Carlos Corbatta expone en un artículo: Rememorar la gesta de los caudillos es desalentar a los oportunistas y trepadores de la política a todo nivel, que siempre dan muestras de su necesidad de figuración y de la confabulación mediocre para desplazar a quienes vivifican las grandes gestas de la Patria, a quienes educan sobre la base de la pertenencia doctrinaria, la lealtad a la causa del pueblo.
Félix Luna en su libro los caudillos,(pág. 25) expresa: “Esos gauchos que fueron en su tiempo la anticultura, la anticivilización, paradójicamente triunfan sobre sus detractores convirtiéndose en materia sustancial para la creación de una cultura que hunde sus raíces en la temática nacional: que es, por consiguiente, más cultura para nosotros que aquella que predicaban con sus galicismos los hombres de la civilización.”
Las citas anteriores no pretenden abjurar de los beneficios del intercambio general entre los hombres del mundo, un elemento importante de ese continuo intercambio, es precisamente, la cultura. Pero es sencillamente suicida dejar de lado nuestras verdaderas raíces, nuestro respeto a los valores tradicionales por los cuales muchos buenos argentinos entregaron su vida.
Hay quienes pretenden, en cambio, tomar los peores resabios de ideologías extrañas a nuestras costumbres, a nuestro verdadero origen e intentan cooptar los principios que han sido reflejo y herencia de nuestros ancestros.
Los caudillos dejaron una huella de identidad en nuestra formación como nación, como República Federal. Lamentablemente, los avatares de nuevos tiempos no siguieron aquella huella, aquel trazado regado de sangre y esfuerzo por muchos hombres que derrocharon coraje.
Hoy los albores del siglo XXI, encuentran dentro de un mundo globalizado a una Argentina débil y cada vez más alejada de la toma de decisiones en el gran concierto mundial.
De que sirve-al menos en registro- poseer cuarenta mil millones dólares de reservas si la iniquidad en nuestro Nación es creciente. Que utilidad ha prestado a los intereses de los argentinos la encarnizada lucha contra todo aquello que se opuso a las ideas setentistas. Cuál ha sido el beneficio de nuestro pueblo en cuanto a la persecución sesgada de quienes violaron los derechos humanos. Mientras tanto, la corrupción, se ha enquistado no sólo en las más altas esferas del poder político, sino, que parece prenda común de los poderosos capitales vernáculos.
Parece obvio, pero por ello mismo debe repetirse. No debemos dejar atraparnos por esta demagogia creciente que pronto se convertirá en despotismo. La historia nos ha regalado miles de ejemplos.
Tenemos cerca en nuestra memoria el resultado de quienes se creyeron indispensables. El único indispensable es el pueblo argentino, creador, forjador y defensor permanente de la patria.
Recordar la obra de los caudillos en un contexto que sin duda debió atravesar nuestro país, no significa que debamos hoy, seguir a tozudos y frenéticos gobernantes con ambiciónes desmedidas de poder. La democracia se retroalimenta en el discenso, la República se fortalece en el respeto permanente de las Instituciones. Éste último elemento,actualmente, se encuentra vacío por un ofuscamiento indisimulado de perpetuidad.
Enrique Serra.-