Cuidemos la comunicación.

October 13th, 2006 by Opinorama Leave a reply »

Decía Carlos Elías, en uno de sus aportes para SALA DE PRENSA.

El diccionario de la Real Academia, en su edición de 2001, define cotilla como “persona amiga de chismes y cuentos”. Chisme es “noticia verdadera o falsa o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras”. Hay una especificación para “chisme de vecindad”, que es “lo que versa sobre algo de poca importancia”. Sobre la palabra cuento, la primera acepción la define como “relato, generalmente indiscreto, de un suceso”.

Esta indiscreción y la privacidad de las personas es, precisamente, lo que define la palabra cotilla y la diferencia de periodista. Según el diccionario de uso del español de María Moliner, cotilla debe aplicarse a la “persona que procura enterarse de las cosas privadas de otros y las cuenta indiscretamente”.

Creo que existen pocos espacios más indiscretos que un periódico o una televisión. La definición de Moliner sobre el verbo cotillear también nos aclara bastante: “Charlar por gusto sobre pequeñas faltas de alguien o contar cosas que afectan a otros”. Con el paso del tiempo, el diccionario de Moliner se ha quedado algo desfasado y ahora ese “por gusto” debería ampliarse a “por dinero”. Retiro lo dicho. Tal vez no esté anticuado, porque si se cotillea y encima te dan dinero, suele dar mucho más gusto.

En otro artículo publicado en el mismo sitio, el aporte, con otra visión sobre una deformación que a veces los medios televisivos provocan en sus mensajes, lo exponía: Sergio Caletti; investigador y profesor titular de Teorías de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Entre Ríos.

Por un lado, bajo la tesis general de la espectacularización de la política, un número significativo de investigadores y ensayistas, particularmente en América Latina, hace énfasis en los riesgos para la democracia que entraña la degradación de las formas propias del debate argumentativo, sometido a los 30 ó 60 segundos que el tiempo televisivo le impone para dar a conocer sus ideas, entre las interrupciones de las tandas de anuncios comerciales.

También tienden a señalar el modo en que la discusión general de los grandes asuntos viene reducida o sustituida por notas sensacionalistas, el culto a los temas escandalosos y, con frecuencia, hasta cuestiones que son de la vida privada de los propios dirigentes políticos en vez de prestar atención a sus ideas, cuando no de la vida de artistas o figuras diversas del espectáculo. En síntesis, según esta perspectiva, entre democracia y show habría incompatibilidades insanables.

Que podemos resumir luego de las ponencias precedentes-de las cuales hemos extractado sólo una pequeña parte-.

Que debemos ser muy cuidadosos a la hora de seleccionar el medio a escuchar o mirar. Puede que estemos asistiendo a una de las más monumentales deformaciones en materia comunicacional. Entre el chisme que alimenta maliciosamente cuestiones de índole personal, dirigidas a “ensuciar” a cierto y objetivado personaje, y el escaso tiempo que le proporcionan, a quienes tienen el propósito de decir verdad, realmente convengamos, que “estamos en el horno”

Nuestro país, concentra en la ciudad autónoma de Buenos Aires, el mayor núcleo poblacional con la más alta posibilidad adquisitiva. El enclave de los multimedios con mayor poderío es la misma ciudad autónoma. Desde ese punto macrocéfalo de la República, el poder hace uso de tales herramientas, las que, a la luz de algunas últimas circunstancias, de ninguna manera puede considerárselas confiables.

La prueba la tenemos a diario, no hay que ser sabios para percibir las vueltas de “campana” que dan cada tanto, “especiales” comunicadores.

Ello, obviamente, no es producto de la casualidad, es el resultado de “compras” o lo que podría ser peor, de “aprietes”, en busca de torcer la verdad. Sucede que la verdad de una u otra forma siempre llega al gran público.

Uno de los vehículos disponibles para tal efecto, aunque no masivo-por el momento-son los sitios de Internet. Por ello, quienes a diario le dedicamos algún tiempo a expresarnos, o circularizar información, previamente tenemos chequearla muy seriamente, debemos profundizar en ese sentido nuestra tarea con el objeto de no dejar flancos por donde se nos cuelen los llamados “pescados podridos”.

Están comenzando a ocurrir situaciones de mucho cuidado. La desaparición del testigo en el caso Echecolaz no es una aguja en un pajar. Los focos de resistencia a las políticas económicas-que siguen la clásica línea de concentración de la riqueza-van en aumento, la disparidad grosera entre los que más tienen y los muchos que padecen necesidades insatesfechas no se corrige en la medida que hubiere sido esperable.

La inseguridad, el déficit en salud, la persistencia del desempleo y trabajo informal en un porcentual muy alto, tampoco es aceptable. La crísis enegética en ciernes, las débiles relaciones en materia internacional, el conflicto que se avecina con Uruguay por las pasteras, el hacinamiento en las cárceles, el déficit habitacional y el engaño de superarlo con quimerícos préstamos de la banca privada, el amordazamiento a la prensa que referíamos en párrafos anteriores. Todo ello sumado a la ilusión ya perdida en que aparezca una alternativa de poder. Son todos elementos que dan pábulo a un creciente enrarecimiento del clima de convivecia.

Por tanto, no debemos ser nosotros quienes deformemos el uso de este magnifico sistema. Es una obligación moral que debemos autoimponernos, a efectos de trasladar a nuestros visitantes, hechos que contengan la solidez de la verdad, más la opinión sincera, que aunque cargada de subjetividad, pueda contribuir a conformar una ventana más de libertad comunicacional.

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