La Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), llamada por los paraguayos Guerra Grande, por los brasileños Guerra do Paraguai y por los uruguayos y argentinos Guerra del Paraguay, fue la guerra en la cual la “Triple Alianza” -una coalición conformada por Brasil, Uruguay y Argentina- luchó militarmente con el Paraguay.
Existen varias teorías respecto de los detonantes de la guerra. En esencia, el revisionismo argentino y la visión tradicional paraguaya atribuyen un rol preponderante a los intereses del Imperio Británico. La visión alternativa pone el acento en la agresiva política del mariscal Solano López respecto de los asuntos rioplatenses. Comenzó a fines de 1864 con las acciones bélicas entre Brasil y Paraguay, por esto recién a partir de 1865 puede hablarse de “Guerra de la Triple Alianza”.
Como “Guerra de la Triple Alianza” el conflicto se desencadenó cuando el general Francisco Solano López, presidente del Paraguay, decidió acudir en ayuda del gobierno ejercido por el Partido Blanco (o Nacional) del Uruguay, en guerra civil contra el Partido Colorado, apoyado militarmente por Brasil. Solano López solicitó al presidente argentino Bartolomé Mitre, el permiso para que sus tropas atravesaran la provincia de Corrientes rumbo al Uruguay para colaborar en la Defensa de Paysandú.
Mitre negó tal permiso, puesto que permitir que tropas beligerantes atravesaran por su territorio hubiese constituido un abandono de la posición hasta entonces neutral de la Argentina, y porque simpatizaba con el Partido Colorado del Uruguay. Ante la negativa mitrista, tropas paraguayas ocuparon la provincia argentina de Corrientes, lo cual forzó el ingreso de la Argentina en la guerra y su alianza con Brasil, aunque la entrada en el conflicto era impopular en Argentina (de modo que gran parte de las tropas enviadas lo fueron forzadamente y estaban compuestas en gran medida por hombres de origen africano semiesclavizados, esto explica por qué uno de los motes que recibieron estas tropas fuera el de “cambas”). Brasil se favoreció entonces con la entrada de un nuevo aliado en la conflagración. La financiación de la guerra la obtuvieron mediante las casas de empréstitos británicos, que veían conveniente el conflicto contra Paraguay, uno de los pocos países que no había caído en su tutela económica, el proteccionismo le produjo al Paraguay un gran desarrollo económico en comparación con otros estados sudamericanos.
Mientras Francisco Solano López espera el “pronunciamiento” de Urquiza que le permitirá cruzar las misiones argentinas y defender la República Oriental, inicia la ofensiva contra el Mato Grosso.
El alto Paraguay, posesión española según la línea establecida por el Tratado de Tordesillas,había sido ocupado por los “bandeirantes” portugueses desde el siglo XVII. Elevado al rango de provincia del imperio su comunicación con Río de Janeiro, larga y penosa, se hacía a través de la selva; y por eso Brasil insistía en la libre navegación del Paraguay concedida en Asunción con retaceos.
No era la reivindicación de los derechos de Tordesillas, ni el problema de límites (Paraguay pretendía hasta el río Blanco, Brasil quería el río Apa, el motivo capital de la ofensiva a Mato Grosso. El imperio fortificó la provincia en previsión de l guerra y convenía desbaratarla cuanto antes; y la posesión de Mato Grosso permitiría al Paraguay abastecerse de carne, si las comunicaciones con corrientes se cortaban.
El 24 de diciembre de 1864 zarpa de Asunción una escuadra de cinco vapores (entre ellos el capturado Márquez de Olinda) transportando un ejercito de 3.500 plazas y doce cañones, al mando del general Barrios. Simultáneamente sale de Concepción, por tierra, otra columna de 2.500 jinetes y un batallón de infantería que dirige el coronel Manuel Isidoro Resquín.
Corta es la campaña al Mato Grosso : la toma del fuerte de Coimbra, valerosamente defendida por el coronel brasileño Protocarrero, será el episodio más importante (27 de diciembre de 1864). Después, el ejercito paraguayo ocupó Corumbá, capital de la provincia, y los fuertes menores Miranda, Albunquerque y Dourados.
Tras dejar custodia suficiente, Barrios y Resquín vuelven a Paraguay con ganado vacuno, y las armas y pertrechos de los vencidos.
Esto marca el inicio de lo que luego sería la guerra de la Triple Alianza, declarada por Paraguay a nuestro país el 19 de marzo de 1865 y ocultado ese hecho por el Presidente Mitre hasta el acto de primeras hostilidades el día 13 de abril.
Por todo lo expuesto supra, de acuerdo a las referencias historiográficas a las que acudimos, entendemos que, la actual Presidenta, en un párrafo dirigido al actual primer mandatario del Paraguay, en el discurso inaugural dirigido a la Asamblea Legislativa, intentó lavar los errores de un soberbio-solamente expresaremos ese término- Mariscal López. Esto fue detectado, no solamente por nosotros, sino que movió otras opiniones, recientes y pasadas, las que consideraron que fue, una terrible equivocación por parte de Cristina Kirchner. Es por esa razón que insistimos con el título del presente despacho. No nos ocupemos de lavar pecados ajenos, que demasiado tenemos con los nuestros.
Jorge Asís califica a las expresiones de la presidenta como:
Doble setentismo
La señora va también por los excesos de la Guerra de la Triple Alianza.
Los presidentes del vecindario sirvieron para emocionarse con la gestación del Banco del Sur. Para celebrar la etnicidad del Evo. Para endulzarlo a Lula. Oxigenar a un Chávez que llegaba vencido.
(A Tabaré, como estaba ausente, no se lo pudo amonestar).
La circunstancia del Banco indujo, a la señora Cristina, a deslizarse a través del desborde de su inquietante oralidad.
Por pudor, o por desinformación, el desborde resultó casi inadvertido para la prensa internacional. Y para no herir la susceptibilidad de La Nación, no lo trató la prensa local.
Fueron palabras, supuestamente laudatorias, las que la señora Cristina dirigió hacia su colega paraguayo, Nicanor Duarte Frutos.
Salpicaron, las palabras, al indemne Lula. Un estadista que pertenece al Brasil menos preocupado, que los argentinos, por los altibajos, desencuentros y excesos que arrastra la historia.
Las palabras instalaron, en el escenario, la pasión doblemente setentista de la señora.
Porque, no conforme con el manoseo setentista de las desmesuras del siglo veinte, la señora Cristina decidió emprenderla, también, contra el setentismo del siglo diecinueve.
Porque se refirió a la masacre del pueblo paraguayo. Registrado en la llamada Guerra de la Triple Alianza. De cuando el mariscal Francisco Solano López, al que ella calificó de héroe, condujo, irresponsablemente, a su admirable país, en pleno proceso erróneo de expansión, hacia una guerra, alocadamente simultánea. En contra de Brasil, de la Argentina (que pretendía, como siempre, ser neutral). Y, sobre todo, con el Uruguay.
Una Guerra, la de la Triple Alianza, que nos tienda a lanzar conceptos similarmente fáciles. Preferible reservarlos para un próximo despacho, que ojalá nunca ocurra.
Una guerra que fue motivada, en su aspecto más anecdótico, por una clásica interna de los uruguayos. Entre Blancos y Colorados. Sin embargo la Argentina, que ya se aferraba al virus de la neutralidad, debió entrometerse en el asunto, apenas, por no dejarlos pasar. A los paraguayos, por su territorio. Por Corrientes, precisamente, y para masacrar a los uruguayos.
La circunstancia setentista, en el diecinueve, para la Argentina, alude a su relativa pasión por la neutralidad. Postura que derivaría, en contiendas más serias del siglo veinte, en una clave. Ideal para profundizar, en el casino de la geopolítica, la sistemática declinación nacional. Un deporte intelectual que fascina, cada vez, a menos interesados en debatirlo. El esclarecimiento de la declinación. Tema de seminario.
La pendiente, en cuesta abajo, demasiado pronunciada. Que culmina, transitoriamente, en la desertificación dirigencial de la actualidad. La que gesta gobernantes, como los de referencia, que se legitiman por la insustancialidad de los opositores.
Fuentes: Enciclopedias y artículos de la WEB, e Historia Argentina de José María Rosa Vol. 7 página 128.