La gallina de los huevos de oro es una vieja y conocida fábula o historia, pensada para niños.

Una familia pobre recibe una gallina que pone huevos de oro todas las mañanas, o una vez por semana. Por avaricia, terminan matándola para extraer todos los huevos de una vez. Obviamente la gallina no estaba llena de huevos de oro dentro y la familia pierde el tesoro que la buena fortuna le había regalado. (esto es una incompleta reconstrucción de una historia que todos alguna vez hemos escuchado).
Finalmente, la moraleja cae por sí y no requiere de mayor abundancia en el cuento.
Alteraremos para nuestro País-Argentina- parcialmente, a modo de versión libre, esta fábula.
En nuestra República muchos sabemos con certeza que la gallina de los huevos de oro es el campo. El campo fue, es y será el motor principalísmo de nuestro crecimiento y a la vez el mejor puntal para el necesario desarrollo industrial. Sin los subsidios provenientes de las divisas que ingresan por su producido, cualquier aventura industrialista hubiera sucumbido al instante.
Fue en un época, el campo argentino, el granero del mundo. Hoy el mundo más que nunca en la historia de la humanidad demanda esos productos alimenticios, nuestras autoridades-devenidas en caudillejos feudales-se empecinan en taponar esta inmejorable posibilidad de crecimiento, que la interdependencia social-llamada globalidad-ponen a nuestra merced.
Quien ha emprendido la carrera de verdugo para exterminar a la gallina representante de la “rancia oligarquía terrateniente”, es un personaje al que muchos, hace unos meses imaginábamos como embajador itinerante, precisamente, exponiendo sobre las ventajas comparativas de nuestro filosofal plumífero.
Nada de ello ha ocurrido, el aludido émulo de Joseph Ignace Guillotin, la emprendido contra el ave de corral y no descansa un minuto del día en su afán de acorralarla.
Sucede que en nuestro cuento la gallina adivina las intenciones del aprendiz de verdugo. Le ha hecho frente y a veces con gambetas, otras con amagues, ha esquivando la filosa hoja que pretende terminar con su vida. Antes de ello, el pichón de verdugo le escamoteó, primero, un 17 por ciento del valor de los huevos, luego, un 23, pasó a un 35 y la última exacción llegó al 44.
La gallina no está sola, por el contrario, ha concitado el apoyo de millones de personas que viven directa o indirectamente al compás de su preciado producto. Ante ello, un numeroso y apuballante grupo social reaccionó como era lógico, pero todo ha sido en vano. El Verdugo se plantó y ha dicho. Quiero no sólo el 44 por ciento sino, que llegaré hasta el 90. En caso de no aceptar, a la gallina la espera la olla del puchero mas suculento que podamos imaginar. Eso si, afirmamos nosotros, será el último.
A esta gallina la ayudan millones de personas, argentinos convencidos que de ninguna manera se debe herir a la mayor fuente de riqueza de nuestro país. Del otro lado una corte de alcahuetes azuzan al martirizador de la gallina y lo impulsan en su diatriba irritante. Ellos, de esa forma, podrán seguir viviendo de los pingües beneficios del fruto gallináceo.
Hubo quienes han intentado acercar a las partes para salvar la vida de la pobre gallina que entre estupefacta, turulata-no turuleca-entiende poco de la tozudez predadora de su perseguidor, y, ante ello, sigue incubando nuevos huevos, quizás con menos caudal, pero sus sabios poseedores, los guardan en incubadores especiales, llamados “silos de bolsa”. Hasta que amaine la tormenta.
Al cuento han hecho entrada en escena algunos componedores acuciados por las circunstancias, otros por la fe y otros obligados por la ley. De nada ha servido que se intente la mayéutica socrática o la dialéctica platónica y muchos menos la lógica aristotélica. El unicato de la soberbia los ha mandado a todos a despeinarse. Ya está dicho el final, espeta el gobierno, o la gallina nos da los huevos o a la olla.
La moraleja, en este punto, ya no es tal. Se trata de nociones de supervivencia. Sería impensado que la irracionalidad de un hombre, con la sola compañía de la mala fe y la obsecuencia de quienes por terror y espanto lo secundan, trunque una vez más el sueño de millones de argentinos.
Enrique Serra.-





