Aquel aciago 6 de setimebre de 1930.

September 6th, 2007 by Opinorama Leave a reply »

Al asumir el 12 de octubre de 1928 su investidura de presidente de la nación, un valioso testimonio rememora un episodio admonitorio de lo que ocurriría dos años después. La multitud que colmaba la Plaza de Mayo vivaba al anciano político con frenético entusiasmo, Marcelo T. de Alvear al felicitar a su amigo y sucesor por el acto que juntos estaban presenciando, recibió la lacónica respuesta del caudillo radical:

“Y pensar que toda esta gente que me aplaude me odiará…”.

Año lleno de augurios, aquel de 1852, el mismo dividió tajantemente dos épocas. El 13 de julio, en una casa del suburbio porteño (Matheu y Rivadavia), nacía Hipólito Yrigoyen. Hijo de don Martín Yrigoyen, natural de Francia, y de Marcelina Alem, de la ciudad de Buenos Aires.

Su padre, nos dice Félix Luna en su libro “Yrigoyen”, era un vasco francés honrado y laborioso, que trabajaba en diversas ocupaciones. En un tiempo fue porteador y carrero, pero su especialidad era la de cuidar caballos. No sólo los componía y preparaba, sino que también curaba sus achaques con palabras.
El vasco, humilde y sin muchas luces, pero trabajador y honrado, contrajo matrimonio con la hija de su patrón. La niña pertenecía a una esfera social más elevada que la de su marido; Alem había sido distinguido varias veces por Rosas, y siendo joven formó parte de la Mazorca y anduvo en cosas de la policía.

Cuando cayó Rosas, el viejo Alem fue fusilado por los enemigos de quien fuera honrado por el padre de la Patria. Su cadáver colgado en una horca y exhibido varias horas al pueblo. Cuando la historia habla de la magnaminimidad de Urquiza, diversos hechos dan por tierra aquel precepto de;

“ni vencedores ni vencidos”.

Más tarde, quedó demostrada la inocencia del abuelo de Yrigoyen en lo que se le imputó. Pero para los enemigos políticos de sus descendientes, Leandro N. Alem fue siempre el hijo del mazorquero e Hipólito Yrigoyen, el nieto.

No es el momento de seguir con el relato de la vida del caudillo radical. Sobre este tema se han encargado y posiblemente lo seguirán haciendo, los historiadores, que, como en el caso de Félix Luna, a quien he seguido durante años como lector, admirador y amigo, he tomado algunos párrafos del libro que antes citaba y que lleva el nombre del ex presidente argentino.

Hoy se cumplen 77 años de su derrocamiento, del momento en el que presentó la renuncia como presidente de la República, ante el Jefe del Regimiento 7 de Infantería de La Plata.
El legítimo primer mandatario electo por el voto popular, renunciaba, no ante el jefe de la banda que lo derrocaba, sino ante quien más próximo lo amenzaba.

La historia ha reflejado incontables pasajes de la vida de nuestra nación. Pocos, como aquel horrendo momento, donde comienzaría un deterioro institucional que, culminaría-al menos así lo pensamos muchos-recién en 1983.

Esperando reflexionen quienes hoy tienen responsabilidades políticas, sobre lo mucho que nuestro país dejó en el camino del concierto mundial de naciones organizadas, por efecto de su baja y varias veces inexistente calidad institucional, abrimos para el futuro mediato, un halito esperanzador, posado más en deseos, que en el resultado de lo expuesto a diario por la realidad que nos toca vivir.

Recordar aquel aciago 6 de setimebre de 1930, sería un prudente ejercicio histórico para muchos ciudadanos con o sin carga política. No por temor a que los métodos se repitan. Sí, para valorizar la necesidad democrática de una pacífica convivencia social.

Se acerca un acto eleccionario nacional, las reglas no serán las que estábamos acostumbrados, debemos admitir que el cambio es inexorable. Por tanto, la asimilación al mismo, deberá estar exenta de traumatismos sociales.

Enrique Serra.-

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