Annapolis ofrece una historia tricentenaria y alberga la prestigiosa Academia Naval de EE.UU.

Eusebio Val corresponsal en Washington del Diario La Vanguardia, detalla con minuciosidad y excelsa calidad narrativa uno de los lugares más emblemáticos de los EEUU.
Luego de la lectura del artículo de este prestigioso profesional, nosotros, no sabemos si envidiar o comprender las diferencias que nos separan con una nación-potencia, con virtudes y grandes defectos- entre los primeros, está el mantener las tradiciones, superar los errores y desencuentros, y jamás arriar banderas.
Lo anterior lo exponemos para diferenciar lo producido con la ESMA. En el pasado, porque dentro de esas instalaciones se cometieron aberrantes violaciones que infligieron muerte y tortura a compatriotas que no tuvieron ni siquiera el beneficio que prevé la ley, juicio justo. Conjuntamente a lo descrito, que un grupo de jefes y oficiales del arma respondiendo indignas órdenes, mancillaron la historia de una Institución que contribuyó, desde su concepción, a la libertad de nuestra Patria.
En el presente, pues no salimos del asombro al comprobar como el actual poder civil ha entregado un icono de nuestra marina, a un grupo comandado por una mujer con dudoso equilibrio entre su mesiánica ideología y su aparente gran aspiración económica, secundada por un parricida y una ex funcionaria, también de la actual administración, imputada por grave delito en el desempeño de sus funciones.
Estas son las graves y grandes diferencias que separan a los países con tradición y orgullo y otros, como el nuestro, que navegan al garete en busca de un destino, todavía incierto.
Relata Eusebio Val:
El escenario elegido para relanzar el proceso de paz árabe-israelí es un imán turístico de la Costa Este. Pocas ciudades norteamericanas pueden jactarse de celebrar el tricentenario, como lo hará Annapolis el próximo año. La pequeña y coqueta capital del estado de Maryland, de sólo 36.000 habitantes, bañada por la bahía de Chesapeake, es conocida por los sabrosos cangrejos azules que ofrecen sus restaurantes. Presume de que su State House es la sede parlamentaria más antigua del país, y se autodefine como “la capital de la vela en América”.
En las calles de su cuidado centro histórico, con sabor europeo y acogedor al peatón, hay anticuarios y galerías de arte. Abundan las casas del siglo XVIII, de la época colonial. En la fachada del Maryland Inn se explica en una placa que en este hotel estuvieron prisioneros almirantes españoles, en 1898, tras su derrota en la guerra de Cuba. Al lado, el restaurante Treaty of Paris incluye, junto al anuncio del menú, el relato de que allí, en 1783, celebraron Benjamin Franklin, John Adams y otras figuras de la época la ratificación del tratado de París. Aquel acuerdo internacional puso rúbrica a la independencia de Estados Unidos y estableció también la devolución por Gran Bretaña de Menorca y Florida a España.
El mayor atractivo de Annapolis es, sin duda, la Academia Naval de EE.UU., una instalación declarada como patrimonio nacional. Allí tendrá lugar este martes la conferencia organizada por la Administración Bush. Fundada en 1845, la academia donde se forman los futuros oficiales de la Navy y del Cuerpo de Marines pertenece a la categoría de los santuarios patrióticos que tanto aprecian los norteamericanos. El lugar exhala orgullo militar, disciplina, tradición. Sus 135 hectáreas son un universo de pulcritud total. Allí estudian 4.300 guardiamarinas, hombres y mujeres, una elite muy consciente de que lo es. Sólo el diez por ciento de los solicitantes son aceptados. Reciben cuatro años de educación gratuita. Terminan con una graduación universitaria muy apreciada. Luego se les exige un servicio de entre cinco y ocho años en las Fuerzas Armadas. Pueden ser enviados a cualquier destino; también a zona de guerra.
“Aquí aprende uno a ducharse en 30 segundos –explica John D. Darnley, oficial retirado y guía turístico voluntario-. Las comidas duran 20 minutos, pero les aseguro que los guardiamarinas comen en sólo cinco, y el resto lo dedican a estudiar. Son cuatro años de no parar.” A Darnley se le nota su amor por la institución. Intenta captar a una pareja de adolescentes californianos –chico y chica- que están de visita: “¿Qué os parece? Cuatro años de estudios gratuitos. De aquí han salido más de setenta futuros astronautas, un presidente (Jimmy Carter), quinientos jefes de empresas, millonarios.”
El deporte es una prioridad en la Academia Naval, casi una obsesión. En el primer año se exige tres horas diarias. Es obligatorio aprender nociones de boxeo, judo y lucha libre. Las pruebas finales en natación son muy duras. Para entrenarse cuentan con una piscina olímpica, amplios gimnasios y todo tipo de material. Para convencer a la incrédula pareja californiana, especialmente a la muchacha, Darnley destaca que los guardiamarinas reciben también clases de baile de salón y de modales de etiqueta. “¡Es un gran lugar para una mujer!”, enfatiza el guía.
La Capilla de la Navy es uno de los edificios estelares de lo que semeja un campus de las universidades de más solera. En su cripta reposa John Paul Jones, un héroe de la guerra de la independencia. Marino de origen escocés, invicto, su cadáver fue rescatado del anonimato de un cementerio de París y trasladado a Annapolis. En la capilla se mantiene siempre vacío un banco, con una cadena que impide el paso. Se reserva simbólicamente para los “desaparecidos en acción”, conocidos por las siglas MIA (“missing in action”). En los oficios religiosos se enciende allí una vela en su honor. Ningún sacrificio puede ser olvidado.