En la pasada década del 70, coexistieron forzadamente varias corrientes ideológicas muy alejadas entre si. Es cierto que entonces, todavía persistían los resabios sociales, dejados por la segunda guerra mundial.
Tales actitudes, en alguna forma, fueron alentadas con indisimulado esfuerzo de los EEUU, a las que conjuntamente se le sumaron los efectos del frío enfrentamiento que dicha potencia mantenía con la ex Unión Soviética.
El socialismo y los liberales-en lo económico- tuvieron enfrentamientos realmente memorables. El archivo nos provee, en este caso, el texto redactado por un personaje singular. Pier Paolo Pasolini. En él, además de la especial circunstancia que permitió su difusión, el genial director de cine y apasionado pensador, ponía de manifiesto algunas ideas, vistas con un prisma muchas veces oculto, para otros, en la observancia del comportamiento humano.
Decía el documento de Pier Paolo Pasolini, leído en el lugar en que se desarrolló el Congreso del Partido radical de noviembre de 1975.
El mismo se pudo leer, ante un auditorio trastornado y en medio de un silencio sepulcral. Passolini había sido asesinado dos días antes.
Cuanto más fanáticamente convencido está un intelectual progresista de la bondad de su contribución a la realización de los derechos civiles, más acepta la función socialdemócrata que el poder le impone aboliendo, a través de la realización falsificada y totalizadora de los derechos civiles, cualquier alteridad auténtica.
Así pues, dicho poder se prepara para adoptar a los intelectuales progresistas como sus clérigos. Y ellos ya han dado a ese poder invisible una adhesión invisible haciéndose un carnet invisible. Contra todo esto, vosotros no tenéis más que seguir simplemente siendo vosotros mismos, lo cual significa ser continuamente irreconocibles.
Olvidad rápidamente los grandes triunfos y seguid impertérritos, obstinados, eternamente contrarios, en vuestro afán por pretender, querer e identificaros con lo distinto, seguid escandalizando y blasfemando.
La previsión de Pasolini se ha verificado, no sólo en Italia, sino también en el resto de la sociedad occidental en donde, en nombre del progresismo y del modernismo, se ha afirmado una nueva clase de poder totalizador y transformista, sin lugar a dudas mucho más peligrosa que las tradicionales clases conservadoras.
¿Qué había adherido en el interior del espíritu de Pasolini, rebelión o ansias de revolución?
Entendemos que era un revolucionario nato.
Honorio Alberto Díaz, en un artículo titulado “Teoría del progresismo en Argentina”, expresaba, entre otros conceptos:
La historia del progresismo en Argentina es de larga data. Prescindiendo de algunos precursores, puede tenerse por iniciada con la fundación del Partido Socialista en 1896. A partir de entonces ha venido manteniendo su presencia con personajes y agrupaciones de escasos tonos diferenciales.
Seudomarxistas y filomontoneros de los setenta, coordinadores alfonsinistas y renovadores justicialistas en la década posterior, pragmáticos socialdemócratas y frepasistas oportunistas de los años noventa, aristas o kirchneristas en los comienzos del siglo no rechazarían el calificativo de progresistas.
En su conjunto, pese a los matices reconocibles, todos alimentaron el mito de una democracia en las estrecheces de la Argentina semicolonial, sumida en el nivel más profundo de su dependencia.
Los conceptos entre rebelión y revolución expuestos por Albert Camus en el “Hombre Rebelde”, condensan, al menos de nuestra parte, una interesante explicación.
La revolución dice Camus, es un movimiento que riza el rizo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa. Un cambio en el régimen de la propiedad sin el cambio de gobierno correspondiente, no es una revolución, sino una reforma.
No hay revolución económica, sean sus métodos sangrientos o pacíficos, que no parezca política al mismo tiempo.
La revolución es la inserción de la idea en la experiencia histórica, en tanto que la rebelión es solamente el movimiento que lleva de la experiencia individual a la idea.
Cabe preguntarnos entonces: ¿Cuál es la pretensión de los gobernantes democráticos que iniciaron su acción desde 1983?, ¿provocar una rebelión contra las viejas formas establecidas o poner en marcha una verdadera revolución que nos haga sentir realmente libres?
Hasta ahora, las indefiniciones son las han reinado. No hemos tenido ni rebelión ni revolución, salvo desde los ampulosos discursos pronunciados por los líderes de turno.
Borges escribía, en la primera estrofa de su poema “Con el tiempo aprendes”:
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.
La inclusión de la anterior cita, es para pedir a los gobernantes que no sigan haciendo tan extenso el aprendizaje de conducir a la sociedad argentina.
Las enemistades ocultas y silenciosas son peores que las abiertas y declaradas; decía Cicerón.
Nuestro actual gobierno todavía no nos ha hecho saber si nuestro nuevo aliado es Chávez, que mantiene cada vez mayores ligazones económicas con los EEUU, o tal vez Castro, máximo referente de una ignominiosa dictadura, o el que cuadre según la ocasión.
Lo anterior no se corresponde con una rebelión, mucho menos es síntoma de revolución.
No podemos seguir con esta permanente y peligrosa falta de precisión en las relaciones internacionales. Ello no es revolucionario ni tampoco una rebeldía contra el orden establecido.
Nadie osaría pretender jugar ajedrez en tablero de ludo, tampoco es posible jugar un partido de fútbol en una cancha de bochas. Todos los juegos deben desarrollarse en sus respectivos escenarios y con las reglas que corresponden.
La política se practica y desarrolla en el amplio y casi infinito escenario que cada sociedad dispone. Las reglas que más deben respetarse son precisamente aquellas que nos están escritas. Ésos códigos que los verdaderos hombres políticos respetan y saben hacer respetar.
Es altamente peligroso que se sigan dispersando esfuerzos aislados, como aquellos expresados en la lucha de movimientos de base, que pretenden una mejora para su núcleo social, puesta de manifiesto, por ejemplo, en reactivaciones de industrias abandonadas, u otras actividades que inicialmente tuvieron gestación en los movimientos piqueteros, para luego agotarse en la lucha por la lucha misma, siendo entonces necesario que se revitalice esa canalización de autoayuda y a su vez se revalorice el esfuerzo propio.
Pero tampoco es admisible que para dinamizar lo anterior, echemos mano a funcionarios como Luís D´Elia.
Es imposible permanecer ausentes mientras se sigue devastando la cultura del trabajo. Tampoco se puede convivir con la explotación que significa el trabajo en negro, o las iniquidades e injusticias que, a pesar de todo, siguen un permisivo derrotero marcado por la falta de profundidad en el combate de éstos viejos vicios.
Sin duda, lo que la hora exige, es que construyamos bases creíbles, a su vez sustentables en el tiempo, para ello es necesario contar con el apoyo de necesarias políticas de estado.
La política presidencial, esta, al parecer, algo alejada de convenciones y extensos parlamentos, cree a ultranza en los resultados de la gestión. Por ello quizás, existe tal concentración personal en su ejecución. Este es un tema que tiene otros andariveles de discusión, los cuales podrán quedar para otro momento de análisis, en si tal o cual situación es o no al cabo positiva.
Hoy tenemos a una oposición aferrada exclusivamente a la crítica, la misma está centrada en todas aquellas cuestiones que ligan la acción de gobierno, con las ya exhibidas formas tendenciosas y cuasi hegemónicas. Pero lo que también haría falta, es al menos, una propuesta real y concreta que partiera de ese sector, con el objeto de confrontar con la posición que sin duda seguirá sosteniendo el actual kirchnerismo.
Dice Eduardo van der Kooy:
La oposición pregona lo contrario pero se comporta parecido. Se aglomera ante el espanto que causa muchas veces el Gobierno aunque es incapaz de enhebrar algún proyecto alternativo que termine por aunarla: busca también al hombre providencial que la saque del atasco.
Las digresiones que nos hemos permitido volcar en el presente, pretenden fundamentar que de nada sirven las conceptualizaciones ideológicas, sino se las acompaña con acciones que tengan un contenido real y útil para el bienestar del pueblo.
Con lo anterior no adscribimos a las corrientes utilitaristas, pues entendemos que desde el estado debe vigilarse la orientación de las distintas políticas, a efectos de no crear bolsones de grandes iniquidades, tal como en la actualidad ocurre y en donde es tan difícil su corrección.
Sabemos que cualquier pretensión individual, puede sonar disparatada e irrealizable. Nuestra percepción esta teñida del diario quehacer, del permanente contacto con los distintos representantes del gran arco de pensamiento y acción de nuestra sociedad. Simplemente, lo hacemos por formar parte de la misma y en nada pretender alejarnos de la realidad.