La noche del 27 de junio de 1806, en Buenos Aires, en la fonda de los Tres Reyes, una hermosa muchacha criolla se dirigió a sus compatriotas en voz alta, como para que pudieran escucharla todos los que compartían la comida, que ella misma servía por igual a invasores y prisioneros: “Desearía, caballeros, que nos hubiesen informado más pronto de sus cobardes intenciones de rendir Buenos aires, pues apostaría mi vida que, de haberlo sabido, las mujeres nos habríamos levantado unánimemente y rechazado a los ingleses a pedradas”.
Así, con esta anécdota donde personajes no deciden políticas ni estrategias, comienza esa gesta que recuperaría la ciudad del Plata de manos de los ingleses, luego de una invasión a cuyo paso prácticamente no hubo resistencia. Pero la historia muchas veces se da vuelta, y los vencedores se transforman en vencidos. En este caso, el incipiente patriotismo americano fue el detonante.
(Cap XVIII) pág. 1 Historia Integral de la Argentina: Félix Luna.
La política de expansión inglesa se elaboraba con una sabia mezcla de audacia y prudencia. La audacia que dicta la codicia inmediata y feroz, y la prudencia de los políticos mas cautos, que pensaban en el largo plazo más que en saciar a cualquier a cualquier precio los apetitos de tesoros y botines.
Intereses públicos y privados convergían, según las circunstancias, y cuando Buenos Aires apareció como uno de los principales centros del mundo atlántico al que Inglaterra se volcaba, las dos actitudes-audacia y prudencia- influyeron en los planes de desembarco en el Río de la Plata.
El Reglamento del Libre Comercio establecido por los Borbones en 1778 estimuló el crecimiento de Buenos Aires como ciudad-puerto y el del Litoral como área productora de ganado. Como consecuencia de la combinación de estos hechos con la revolución industrial británica, tuvo lugar en el Río de la Plata una gran expansión de productos y comerciantes británicos.
El Interior tampoco se sustrajo a la introducción de artículos británicos que provenían de Buenos Aires o del Litoral. Como ejemplo de esta explosiva tendencia, el comerciante británico Samuel Haigh señalaba que en Córdoba: “las tiendas, que suben a unas setenta, estaban repletas de artículos ingleses manufacturados de los que los tenderos se proveen en Buenos Aires, adonde van generalmente una vez por año, y sus compras se transportan en carros”.
En aquellas provincias donde se había desarrollado la producción de tejidos de algodón, la irrupción de los productos británicos restringió fuertemente el mercado. No obstante, las tejedurías de lana -que eran la mayoría en el Interior- tuvieron mejor suerte, ya que no competían directamente con los algodones británicos, cuyo uso fue masivo en las ciudades y la campaña del Litoral a partir de 1810.
Algunos de los antecedentes que impulsaron las invasiones inglesas al Río de la Plata, comenzaron a gestarse sobre fines del siglo XVIII, cuando se rompe la alianza entre España y Francia. Según nos relata Félix Luna, se gestan dos planes, el de Nicholas Vansittart y el del general Thomas Naitland. Ambos tenían en común la idea de una invasión en arco, que se tomara Buenos Aires, avanzara hacia Chile y se desplazara posteriormente hacia el Perú.
El plan de Naitland, de 1800, era una versión depurada del plan anterior, y exigía coordinar con fuerzas que en Chile derrotaran a los españoles y emanciparan Perú y luego Quito. Pero Henry Dundas, entonces secretario de guerra, pensaba que para los intereses permanentes de Inglaterra, el objetivo principal era la conquista de nuevos mercados en América del Sur. La invasión no se concretó pero el interés ingles siguió vigente.
Cinco años más tarde una flota inglesa había sido destacada hacia el Río de la Plata y contaba con una dotación de 1.600 soldados de desembarco, que comandaba en Gral. William Carl Beresford.
Al llegar a la bahía de Montevideo, en junio de 1806, y apreciar las importantes fortificaciones que protegían a Montevideo, el Comodoro Popham optó por dirigirse hacia Buenos Aires, ciudad que en esa época contaba con alrededor de 50.000 habitantes.
El 25 de junio de 1806, las tropas inglesas desembarcaron en la costa argentina cerca de la ciudad de Buenos Aires, en Quilmes. El Virrey del Río de la Plata, que tenía su sede en Buenos Aires, era el Marqués de Sobremonte; el cual, al tener conocimiento de la invasión optó por huir precipitadamente hacia Córdoba llevando consigo las reservas del Tesoro, que representaban una elevada suma. Esta actitud le ganó para la Historia el mote de “El inepto Virrey Sobremonte“.
Un contingente militar compuesto por 1.000 hombres salió de Buenos Aires para enfrentar a los invasores ingleses, pero fueron derrotados casi sin combatir; por lo que la ciudad de Buenos Aires se rindió y fue rápidamente ocupada.
El Cabildo de Buenos Aires debió prestar juramento de acatamiento a la autoridad del Rey de la Gran Bretaña. Ante la perspectiva de represalias contra la población, el Tesoro fue llevado de retorno a Buenos Aires, siendo entregado a los Jefes invasores, que lo remitieron a Inglaterra solicitando refuerzos para expandir sus conquistas.
Hubo dos que no prestaron juramento: Un fraile prior del hospital de los Betlehemitas y el Dr. Manuel Belgrano que desapareció.
Fue el capitán de navío Santiago de Liniers, jefe de la escuadrilla en Ensenada, quien comunicó la presencia de una flota ingles en el amanecer del 24 de junio de 1806. Ya desde el atardecer habían llegado noticias semejantes desde Quilmes. Hacia allí fueron enviados el sargento Tabares y cinco hombres con un cañón, para que disparara una salva ante cualquier novedad mayor
Con este sintético esbozo, de una frondosa documentación existente sobre lo que fueron las invasiones inglesas de 1806, hemos querido recordar este día donde se cumplen dos siglos de una situación funesta, en principio, pero que culminó con horas de gloria, para la entonces incipiente gestación, de la que hoy es nuestra República.
Fuentes: Historia Integral de la argentina, Archivo Gral. de la Nación, Historia Argentina de José María Rosa. Artículo de Martin Cagliani.






