Uno de los catorce murales conocidos con el nombre de pinturas negras, con las cuales Francisco Goya decoró el comedor y el salón de la llamada Quinta del Sordo, se llama: Saturno devorando a un hijo, que forma parte de las seis que decoraban la sala de una propiedad adquirida por el artista.
Llegó a ser una de las pinturas más inquietantes de principios del siglo XIX, pues explaya, con maestría y sentido dramático, el tema alegórico del tiempo representado por el dios mitológico Cronos -identificado por los romanos con Saturno-, quien, temeroso de ser destronado por sus descendientes, devoraba a los hijos que daba a luz su esposa Era.
La representación pictórica de un padre devorándose a su hijo pudo llegar a tener un impacto certero contra los valores más elementales de la moral y la ética humana, aun sabiendo que la metáfora del canibalismo estaba presente en la vida de los individuos desde los albores de la historia.
El canibalismo, que de algún modo apela a nuestros instintos primitivos, forma parte de la memoria colectiva como un medio de supervivencia. No ha sido casual que algunos exploradores de los territorios más remotos del planeta, en su afán de vencer el hambre y las inclemencias del tiempo, hayan tenido que comer el cadáver de sus compañeros de expedición.
El acto de canibalismo más cercano y conocido para nosotros es aquél que conmocionó al mundo en 1972, cuando un avión uruguayo, llevando a bordo a 45 pasajeros con destino a Chile, se estrelló entre las cumbres nevadas de la Cordillera de los Andes, donde los sobrevivientes, desesperados ante la ausencia de alimentos y agotada su resistencia física, se vieron obligados a comer durante días el cadáver de sus compañeros de viaje.
“El Estado del Bienestar, tal como está, no puede sostenerse a largo plazo. No hace falta ser un neoliberal compulsivo para darse cuenta de que Saturno devora a sus hijos” Esta es una parte del artículo escrito por Luis Ignacio Parada, en el Diario ABC, y que reflexiona sobre los excesos materiales de la sociedad Europea.
Desde siempre, pobres y ricos han vivido unos al lado de los otros, siempre incómodos, como un rompecabezas que se completa a pesar de las partes. Esta coexistencia problemática, y particularmente la justificación de la buena fortuna de algunos frente a la mala fortuna de otros, ha sido explicada desde numerosos puntos de vista.
El prestigioso economista y ex embajador de John Kennedy en India, John Kenneth Galbraith, expuso en el Harper´s Magazine* de noviembre de 1985 estas justificaciones históricas:
Empecemos por la solución que propone la Biblia:-enfocan algunos como primigenia solución- los pobres sufren en este mundo, pero serán magníficamente recompensados en el otro. La pobreza es un contratiempo pasajero; si son pobres y además sumisos, heredarán la Tierra. Es una solución en muchos sentidos admirable: permite a los ricos gozar de su riqueza al mismo tiempo que envidian a los pobres su buena fortuna en el más allá.
Otra posición, pero del siglo XIX, fue la de , Jeremy Bentham, que inventó una fórmula que ejerció durante 50 años una influencia extraordinaria en el pensamiento británico y estadounidense: El utilitarismo. Por el principio de utilidad, el problema social de la coexistencia de una reducida cantidad de ricos y de una gran cantidad de pobres se soluciona desde el momento en que se logra “el mayor bien para la mayor cantidad“. Hay que aceptar entonces que, desgraciadamente, el resultado fuera muy desagradable para aquellos, muy numerosos, a quienes no les tocaba la felicidad.
En 1830 el economista David Ricardo y el pastor anglicano Thomas Robert Malthus propusieron una nueva fórmula: si los pobres son pobres, es culpa suya, se debe a su excesiva fecundidad. De este modo, los ricos no son responsables de su creación o disminución.
A mediados del siglo XIX, gozó de gran éxito una nueva forma de negación, particularmente en Estados Unidos: el “darwinismo social“, asociado al nombre de Herbert Spencer. Para Spencer la regla suprema era la supervivencia de los más aptos. La eliminación de los pobres es el medio utilizado por la naturaleza para mejorar la raza. La calidad de la especie humana sale reforzada con la desaparición de los débiles y los desheredados.
Uno de los más notables portavoces estadounidenses del darwinismo social fue John D. Rockefeller, el primero de la dinastía, que declaró en un discurso célebre: “La variedad de rosas American Beauty sólo puede producirse con el esplendor y el perfume que entusiasman a los que la contemplan sacrificando los primeros brotes que nacen a su alrededor. Lo mismo ocurre en la vida económica. No es más que la aplicación de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios“.
Un digno discipulo, de los continuadores de Rockefeller, fue nuestro recordado “José Alfredo Martínez de Hoz”, que entre tablita y 1050, casi termina con la mitad de los argentinos.
Durante el siglo XX, el darwinismo social llegó a ser considerado como demasiado cruel: su popularidad declinó y, cuando se hacía referencia a él, generalmente era para condenarlo. Debemos expresar que mucho no se esforzaron en la práctica, para dicha tarea.
Otro método consiste en explicar que toda forma de ayuda pública a los pobres es para ellos un pésimo servicio porque destruye su moral.
Quizás en actitudes lavamanos, respecto a la situación de los pobres suele afirmarse que las ayudas públicas tienen un efecto negativo sobre el incentivo a trabajar. Que además, dichos actos desalientan los esfuerzos de los activos y alientan la pereza de los ociosos.
Si las políticas públicas de ayuda social fuesen ejecutadas con sanos procederes y por leales servidores públicos, se ahorraría un gran costo adicional en dicha ayuda, producido por-La corrupción-, y rápidamente se zanjaría buena parte del problema. Para cierto poder político, es conveniente minar la cultura del trabajo, tener a bolsones de pobres sometidos a los arbítrios del mandamás de turno.
Finalmente, cuando todo lo demás fracasa, podemos recurrir a la negación psicológica. Aquella que nos conduce a evitar pensar en la muerte. Piensen en algo agradable, nos aconsejan muchas veces. Estos son los métodos modernos para evitar preocuparse por la suerte de los pobres.
La compasión, combinada con esfuerzo del poder público, es en nuestra época la menos confortable y conveniente de las reglas de comportamiento y de acción. Pero sigue siendo la única compatible con una vida verdaderamente civilizada. El descontento social y las consecuencias que puede traer consigo la pobreza, no vendrán de las personas satisfechas.
En términos económicos, la pobreza está asociada a: un bajo nivel de productividad de las labores que realizan los pobres, el bajo nivel de salarios que perciben, así como los bajos precios de su producción y servicios, el escaso acceso a las facilidades de orden público, el bajo nivel de consumo de los bienes y servicios necesarios para la atención de las necesidades.
Pero también la pobreza es un hecho social e histórico objetivo, que tiene el agravante de heredarse de generación en generación: los hijos de los pobres nacen pobres. La pobreza se regenera ella misma en el llamado círculo vicioso de la pobreza. También conocido como el círculo maldito de la pobreza.
En la medida en que podamos generar una satisfacción tan universal como sea posible, preservaremos y reforzaremos la tranquilidad social y política. A la vez, al menos en un país como el nuestro, pueden hacerse muchísimas cosas para sacar de la pobreza a una buena parte de la sociedad y fundamentalmente a las generaciones por venir. Ello sería posible, aumentando efectivamente los recursos destinados a la educación.
Sabemos que hay una parte del mundo que pugna por no perder su opulencia, al grado que construirá más de 600 km. de muro para evitar que los vecinos pobres pisen su territorio. Dicha medida pudo entenderse en el contexto de una sociedad como la China, que en el año 264 antes de cristo construyó una muralla de más de 6.000 kilómetros para protegerse de los invasores, y tardó 1000 años en su terminación.
El siglo XXI, merece otro tipo de ideas, otra actitud por parte de quienes asumen la potestad de liderazgos mundiales. Algunas conductas del norte de nuestro planeta, hace que pensemos que algo extraño está ocurriendo y dejan huellas con mucha similitud a la decadencia y regresión, amabas fatales.
Tenemos que prepararnos para situaciones severamente complejas, en nuestro país, en nuestra región y en el mundo. Como siempre lo mejor para estos casos, es decir la verdad. Esa acción precisamente, es la más deficitaria en las actuales autoridades nacionales.
* Harpers.org es el Web site del compartimiento de Harper, de un diario americano de la literatura, de la política, de la cultura, y de los artes publicados continuamente a partir de 1850.