Cuando en oportunidades sentimos esa sensación de vacío en nuestro interior, cuando avizoramos una similitud de la llama a punto de extinguirse, surge en la naturaleza humana, la necesidad de sumergirnos por unos instantes en nuestro pasado. Con el objeto de analizar el porqué de esos “baches del alma”.
No deseo ni tengo la capacidad de invadir el terreno de los filósofos, simplemente es una manía de pensar en ciertos acontecimientos sucedidos en el curso de la historia. Con el erróneo sueño, de aquel que quiere retrotraerlos al presente. Por tanto, desbrozare algún borrador ideario que explica lo anterior.
Ortega y Gasset
De ninguna manera hemos seguido el rumbo que supieron marcar aquellos hombres que se destacaron en la llamada generación del 80, mucho menos aplicamos la fuerza que hasta ese entonces nos distinguía. Tampoco supimos aprovechar las ventajas que como producto de cambios importantes surgidos en lo que llamábamos la cuna del mundo (Europa), se habían manifestado a mediados del siglo XX. Fundamentalmente aquellos provocados a la finalización de la 2da guerra mundial.
Alguien que sí se adelantó muchos años en ese tipo de observaciones, alguien que tenía cifradas esperanzas en nuestro pueblo y su destino, pero que supo marcar las peculiaridades en las que finalmente defeccionaríamos, dilapidando luego la oportunidad de construir un futuro de grandeza, fue Ortega y Gasset.
En los artículos de La Nación en los años 1923-1924 sobre un nuevo horizonte histórico abriéndose en Europa, Ortega le tomara el pulso a la idiosincrasia del ser americano que se sentía centro de sí mismo y desarrollaba una vocación imperial similar a la de Roma.*
Esto también era parte de lo que decía Ortega en un ensayo que tituló “Intimidades”
“Acaso lo esencial de la vida argentina es eso ―ser promesa
Pero esas promesas de la Pampa tan generosas, tan espontáneas, muchas veces no se cumplen. Entonces quedan hombre y paisaje atónitos, reducidos al vacío geométrico de su primer término ―y no saben cómo vivir tras aquella amputación de las lontananzas, de las promesas en que había puesto los labios y le hacían respirar. Las derrotas en América deben ser más atroces que en ninguna parte.
Luego de esta última conclusión nos dice que: “Se habla mucho de este país, se habla demasiado ―es este ya un problema curioso: la desproporción entre lo que aún es la Argentina y el ruido que produce en el mundo―, se habla casi siempre mal.”
Pasaremos a analizar otro título: El hombre a la defensiva. Comienza Ortega este ensayo destacando los logros de la Argentina y su progreso en poco más de un siglo “nos parecerá la historia argentina una performance maravillosa.” Luego le sorprende “el grado de madurez a que ha llegado la idea del Estado.” Y agrega más adelante:
Eduardo Wilde
El pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelto a mandar. Lo logrará o no, pero es sobremanera interesante asistir al disparo sobre el tiempo histórico de un pueblo con vocación imperial.
Con lo expuesto, quisimos dejar algunas reflexiones que estimamos no son del todo ociosas y que representan el recuerdo de lo sucedido y pensado, por hombres inteligentes y probos.
Tratemos de aprovechar experiencias y no repetir los errores cometidos en el pasado. Quizás también nos sirva para encontrar la punta de esta colectiva y rara madeja de consecuencias que es nuestra sociedad.
Museo de La Plata
Hay otros hechos ocurridos en nuestro continente, mas al norte, que también señalan desencuentros políticos, la diferencia, es la continuidad institucional y la no contaminación de los defectos de la cosa pública con la actividad en libertad de las fuerzas del capital y trabajo, propias de una sociedad que ha seguido siempre adelante. Me refiero a los EEUU.
Para ello transcribiré una pequeña parte de sus accidentados trances políticos.
Después de tres derrotas electorales consecutivas durante los años 80, muchos Demócratas habían decidido nominar a un candidato que fuera visto por los electores como progresista y liberal moderado. Sin embargo, el Consejo de Liderazgo Demócrata y otros grupos advirtieron el daño electoral que podría causarles el ser percibidos como un partido de doctrina liberal. Surgió una nueva generación de candidatos decididos a competir con los Republicanos en sus propios temas.
El más exitoso de los nuevos Demócratas fue William Jefferson Clinton, quien fue elegido como presidente en 1992, dos siglos después de la fundación del Partido Demócrata. En 1996 Clinton se convirtió en el primer presidente en ser elegido para un segundo período desde Franklin Delano Roosvelt, quien salió victorioso en cuatro oportunidades. La Enmienda 22 a la Constitución, aprobada en 1951, limitó el poder presidencial a dos períodos consecutivos. El Vicepresidente de Clinton y candidato a la presidencia en 2000 fue un compañero del Sur, Al Gore, de la misma corriente centrista del Partido que Clinton. (Recordemos este nombre en las futuras elecciones)
¿Lo anterior cambió el rumbo de gran potencia que ya tenía por entonces el país del norte?
De ninguna manera. Es cierto, ellos son sajones nosotros latinos. Pero finalmente somos todos humanos. Nuestra Constitución que surgió de las bases de Alberdi, estuvo inspirada gran parte en la de los norteamericanos.El gran desafío que enfrentaron los intelectuales y políticos que consolidaron el estado nacional en la segunda mitad del siglo XIX fue crear un orden político legítimo, capaz de imponerse en un extenso territorio, poco poblado y escasamente integrado.
Juan Bautista Alberdi
Para Juan Bautista Alberdi la cuestión central era el progreso material y la estabilidad política que tal desafío requería. Según él, la educación ciudadana, ocupaba un lugar relegado frente a la necesidad de mantener el orden y la estabilidad política, y de formar la fuerza laboral, que pudiera garantizar el progreso del país, la producción y las exportaciones.
Ante esos problemas a resolver, Alberdi confiaba más en la capacidad del trabajo y la inmigración, como fuerzas para reformar los hábitos y costumbres, que en las instituciones educativas. A la distancia, entendemos que debieron ser ambas.
La gran diferencia es que los norteamericanos fueron coherentes en sus principios y no derrocharon excesivas energías en luchas internas a costa del sufrimiento y atraso del pueblo norteamericano. Nosotros, en cambio, pusimos demasiado tiempo y mucha sangre, en resolver personales y egoístas diferencias.
Pensemos que ha pasado solamente en los últimos 50 años en nuestro país. Las continuas rencillas de política interna, demoraron el crecimiento que vislumbró ese gran pensador español que citábamos en los primeros párrafos, y una importante nómina de abnegados argentinos que pensaron un país, que no es el que tenemos, ni mucho menos el que soñaron.
Hasta aquí, simplemente he querido compartir pensamientos que marcan lo negativo que no puede convertirse de la noche a la mañana en positivo. Pero dejo también, plenamente convencido, que estamos en situación de corregir los errores, y especialmente de persuadir en tal conducta a las generaciones que nos suceden. Debemos simplemente no estar ausentes. No sentarnos a esperar la ayuda de ese ente abstracto llamado Estado. Sentirnos realmente capaces y, por el contrario, pensar que nosotros somos los que debemos y podemos hacer que Argentina salga adelante.
El procedimiento, involucrarnos en la política, en aquello que no signifique politiquería, trenza, tráfico de influencias, y toda la gama de patologías ciudadanas harto conocidas.
Hay posibilidades, muchas más de las que muchos imaginan. Existen agrupaciones, partidos políticos que esperan tal actitud de nuestra parte.
*Ortega Y Gasset, Un viajero imaginario por la Argentina.
Marta Campomar