Paradigma de las privatizaciones
En Argentina el discurso neoliberal que nos hablaba de las virtudes de las privatizaciones de los servicios públicos, y el libre accionar del mercado quedó derrotado, rebelión de diciembre de 2001 mediante. El famoso “derrame” “hacia abajo” que iba a producir el crecimiento de las ganancias de las privatizadas resultó finalmente en el empobrecimiento generalizado, la destrucción de fuerzas productivas nacionales, la desocupación lisa y llana, el saqueo descarado y la concentración de la riqueza en una “nueva” burguesía criolla, que no ha sabido trasladar hasta la fecha la participación-aunque minoritaria-de tan rápida acumulación de capital, más el pésimo manejo que ha hecho de algunos servicios que antes se encontraban en manos del estado. Nos lleva a concluir que el paradigma neoliberal está quebrado y en su reemplazo, fundamentalmente desde la asunción de Kirchner, se intenta proyectar la idea del retorno a un “estado fuerte”.
El presidente se presenta a sí mismo como representante de un cambio político: la reconstrucción del “estado nacional” limitando al capital monopólico y las privatizadas, preocupado por los ciudadanos y su seguridad, que ataca a la corruptela, centrando su atención en la “agenda social”. Es esta retórica la que despierta simpatía e ilusiones entre ciertos sectores esperanzados en que “desde arriba” se le ponga un límite a la prepotencia representada por algunos sectores empresariales y públicos, se aumenten los salarios y jubilaciones a la vez que se generen puestos de trabajo decentes.
Las especiales condiciones de coyuntura mundial vienen favoreciendo a nuestra macroeconomía, pero los miles de subocupados, empleados en negro y todos aquellos que componen la línea de pobreza, no sólo siguen estáticos sino que el dinamismo de mayor amplitud en la brecha de los que más y menos tienen se amplía cada vez más.
Cristianismo y Socialismo
Desde hace dos mil años los cristianos predican la caridad y desde hace dos siglos los socialistas proclaman la solidaridad. Son conceptos superponibles y, en cualquier caso, ecuménicos. Reducidos a la tierra donde vivimos por nacimiento o por adopción, comúnmente llamada nación, pierden buena parte de su grandeza:
El catolicismo parece haber quedado en las fronteras del Vaticano y salvo los sacudones que cada tanto el Cardenal Bergoglio ensaya por estos tiempos y nos recuerda a todos que la iglesia es cofundadora de la Nación, no hay una acción solidaria y popular con el despliegue que todos aspiramos y creemos necesario ver, por parte de los distintos dignatarios y laicos apegados a esta tradicional y arraigada fe. A causa de ello han proliferado todo tipo de sectas, algunas reñidas con el cristianismo, en otros casos, religiones no tradicionales en nuestro país han incorporado a sus filas miles de fieles y miles de miles de pesos, ya que su captación en la fe también tiene un amplio sentido económico y junto con esa penetración cultural se han integrado parte de los frutos del trabajo de miles de argentinos, que hacen del aporte o diezmo, un verdadero culto de fe.
En cuanto al socialismo se ha convertido en provinciano y mínimo, ese socialismo que ya no opera con las instrucciones que el otrora poderío del kremlin impartía hacia vastos sectores del mundo, aparece como una doctrina olvidada, deshilachada, fragmentada y sólo hallable en los textos de Marx, Engel y otros tantos filósofos que pusieron en marcha una alternativa revolucionaria de pensamiento a mediados del siglo XIX.
La caída del muro de Berlín ha borrado acciones e ideas en el progresismo vernáculo, que tantas veces intentaron llevar a la práctica con escaso resultado y peores consecuencias. La aparición en escena de admoniciones para los “díscolos” que no inclinan la cerviz ante los dictados presidenciales, suele ser la consolidación política de las acciones de gobierno que por estas horas campea en la república, muy alejadas por cierto de la solidaridad que fundamentaba la teoría socialista a la cual un importante núcleo del actual elenco gobernante hizo suyo en los gloriosos setenta.
El agotamiento o sumisión de los movimientos piqueteros, no ha dejado espacio para que los mismos pudieran crecer. Algunos abandonados a la deriva de su propio destino, otros cooptados por la maquinaria oficialista sustentada en la “caja”, pero finalmente sometidos al proyecto “K”
Ante lo anterior, asistimos a una peligrosa fragmentación de las organizaciones políticas, que no han sabido reunir el verdadero poder para conformar una necesaria oposición que sea alternativa, algo hoy tan lejano como impensado. Víctor Degenaro en uno de los últimos programas televisivos del año manifestaba al conductor del mismo que en marzo irían por las reinvidicaciones sociales, el dirigente de la CTA entendía que si se habían podido pagar casi 10.000 millones de dólares al FMI, era lógico que las jubilaciones elevaran su mínimo, que el seguro de desempleo se pagara universalmente o que la asistencia universal a los menores pudiera ponerse en práctica. Pienso que fueron quizás expresiones de deseos, esa tarjeta de felicidades que aprovechando la ocasión y el momento, quiso hacer llegar a los argentinos que lo escucharon. Lo que se viene es dureza fiscal, contracción del gasto público, menor circulación monetaria. En síntesis la mas pura ortodoxia que pueda poner equilibrio a la salida de los millones frescos que se fueron al FMI, para recomponer las reservas en el menor plazo posible. Este tipo de medidas como cualquiera otra que se tome en el futuro debería tener un respaldo de consenso con el resto de las fuerzas políticas. No puede la Presidencia descartar el dialogo con los partidos políticos.

Los partidos políticos debieran ser organizaciones que se caractericen por su singularidad, de base personal y relevancia constitucional, la idea original de su creación fue con el fin de contribuir de una forma democrática a la determinación de la política nacional y a la formación y orientación de la voluntad de los ciudadanos, así como a promover su participación en las instituciones representativas mediante la formulación de programas, la presentación y apoyo de candidatos en las correspondientes elecciones, y la realización de cualquier otra actividad necesaria para el cumplimiento de sus fines. La principal tendencia debería estar dirigida a su perduración como institución sostén de la democracia y consolidarse definitivamente como herramienta irreemplazable en la institucionalidad política. Su finalidad última y legítima es obtener el poder mediante el apoyo popular manifestado en las urnas, pero para llegar a ese fin son ineludibles estos previos pasos señalados, que lamentablemente hoy día las organizaciones políticas llamadas partidos, esterilizan sus esfuerzos en como conjeturar o realizar alianzas que le permitan a los hombres que las componen seguir dentro del sistema, algo realmente egoísta y nada retributivo a la salud republicana.
La democracia es necesaria para la modernización económica y social. Es imposible tal modernización y mejora sin ella, así nos lo recuerda Octavio Paz.
Respecto a la democracia y autocracia vale la pena señalar con Kelsen, las que pueden ser las características básicas de estas dos formas de gobierno: “la democracia, al limitar la autoridad, relaja también la disciplina; por eso se opone a todo poder absoluto, incluso el de la mayoría. El poder ejercido por la mayoría debe distinguirse de todo otro en que, no solo presupone lógicamente una oposición, sino que la reconoce legitima desde el punto de vista político, e incluso la protege, creando instituciones que garantizan un mínimo de posibilidades de existencia y acción a distintos grupos religiosos, nacionales, o económicos, aun cuando solo estén constituidos por una minoría de personas”. Por el contrario, la autocracia “no puede tolerar la oposición; no existe en ella discusión ni transigencia, sino imposición. Y, al no admitirse la tolerancia, todavía menos cabe hablar de libertad de conciencia, religión o de pensamiento”
Reflexiones
En varias ocasiones nos damos tiempo para reflexionar sobre el camino por el que va nuestra vida: trabajo, familia y amigos son la constante necesaria e indispensable para medirnos; pero rara vez o nunca, pensamos en nuestro actuar como ciudadanos, en lo que significa haber nacido en un país y la responsabilidad que se desprende de este hecho.
Patriotismo es el valor que procura cultivar el respeto y amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común.
El patriotismo se manifiesta por los valores que transmitimos como ciudadanos conscientes: trabajo, conducta, modales, respeto a las normas y costumbres, pero podemos suponer que de poco sirve tener una actitud recta cuando se transige con la trampa, el abuso o la corrupción. El verdadero patriota puede quejarse de su nación observando su errores y deficiencias, pero al mismo tiempo busca y propone los medios para poder solventarlos, pues no es correcto contemplar como el país se hunde cada día más sin que hagamos algo al respecto.
El patriotismo, como todos los grandes conceptos, los que tienen valor suficiente para regir nuestra conducta individual y colectiva, pareciera ser una frase caída en desuso, su reemplazo, la “lealtad sumisa” carente de ideas y principios. Del mismo modo que la libertad es una e indivisible, el patriotismo no debe jibarizarse con el enterramiento de la tradición, suplantándola por el permanente olvido de un sector de argentinos que también se vieron envueltos y alcanzados por el horror de una guerra sucia entre compatriotas. Ya sabíamos, por sus actos, que el presidente tenía una difusa idea de algo tan potente, como es el patriotismo, que sólo debe usarse con cuentagotas; pero últimamente, nos ha demostrado su ignorancia total sobre la cosa.